22 de febrero de 2007

Éramos tan lo que somos.

Corría el año noventa y tres. Y bastante rápido. Con gran esfuerzo llegué al treinta y uno de diciembre. No así mi gran amigo, que para esa fecha recién andaba transitando los primeros días de septiembre. Es más, el narigón, el cabezón, y el enano, se quedó para siempre en ese año (no hay error de concordancia de número, todas esas atribuciones corresponden a la misma persona). Hay quienes insisten en que esto es imposible, que uno avanza con el tiempo. Pero el tiempo es una convención que no se ajusta demasiado a la realidad de las cosas. La melancolía hace las veces de máquina del tiempo, y no faltan humanos en tiempo presente que viven en el pasado, como tampoco faltan soñadores que viven en el futuro.

Reniego del ahora como única temporalidad. ¿Qué es el tiempo? Nadie lo sabe. Y aprovechando esa ignorancia, o la falta de consenso (para decir lo mismo de otra manera), digo la que me surge: el tiempo soy yo.

Venga, no se quede ahí, tengo tiempo para regalarle. Al fin y al cabo la vida puede ser un sumar días y no un perderlos. Con confianza, agarre nomás, agárrese algunos de mis días.

Me han sugerido que el instinto de conservación y la necesidad de perpetuar la especie hacen lo suyo con la gente desfavorecida en su fisonomía. Suelen ellos ser provistos de una cualidad que les permite ser aceptados por la sociedad (incluso ser celebrados). La naturaleza les reviste con el sentido del humor. Revestimiento bello que viene a contrarrestar al otro revestimiento, el de una espantosa carnalidad.
No estoy seguro si el desarrollo del sentido del humor es inversamente proporcional al aspecto físico, pero según se lo observa a mi amigo podemos inferir que sí. Brillante humorista, él. Yo, por lo pronto espero no estar causando mucha gracia con esto.

La razón por la cual mi amigo hubo de quedarse en los noventa responde más a mí que a él. Sé muy bien que hay un él en la actualidad, pero no me convence, es apenas un vestigio de lo que era. Si bien todavía posee las mismas aberrancias anatómicas, no así el espíritu jocoso y divertido que tanto bien me hizo. Mi querido monstruo anda bastante serio y con la mirada apagada (supongo que esto contradice la teoría de fealdad/gracia que acabo de atisbar, pues ahora además de feo es amargo. Y no espere que enmiende tal contradicción. Los arrepentimientos, las excusas, las aclaraciones, siempre quedan como un zurcido y no hacen más que empeorar el ropaje harapiento de nuestro ya méndigo intelecto. Además, no querer ser mediocre es cosa de mediocre. Acúsenme de comodidad intelectual, defiéndanme por libertad literaria, da igual, yo no voy a cambiar las cosas simplemente porque no me gustan).

Mi arte de seducción no era bueno. ¡Bah!, digámoslo de una vez: desconocía ese arte por completo. Por aquel tiempo no tenía idea de que un hilo de baba bamboleándose de las comisuras de los labios era poco sugestivo para el público femenino. Pero por suerte aparecía el narigón con un manojo de carcajadas para ellas. De esa manera se quedaban un rato más. Igualmente, entre su humor, la galantería de otros y la descarada facha de algunos, esa retención no me beneficiaba lo suficiente. En definitiva, yo terminaba con la mujer más graciosa. ¡Cuánto humor hubo en mis safaris románticos!

Un día, una filtración en el harem del petiso puso en mi conocimiento la existencia de una mujer seria y accesible, por no decir facilonga. Pero el destino, esa escupida miserable llamada destino, quiso que ella fuera la apatía con patas. Una cáchuma afligida, como decía mi abuela (para quienes no conocieron a mi abuela, cáchuma era el poco eufemismo de vagina). Con esa experiencia terminé por enseñarme que el sexo no es todo en el sexo. Lo cual no es gran cosa, porque sabido eso no alcanza para conocer lo que es todo. ¿A quién recurrir, entonces? A nadie. En esto los hombres desfavorecidos estamos solos (desfavorecido y hombre son las mismas palabras pero con diferentes letras). Ni la religión ni la filosofía, ni la psicología tienden una mano. Justamente ahí acaban los mayores rechazados (acá difiero levemente con Alejandro Dolina cuando dice que “todo lo que hace el hombre lo hace para levantarse minas”, yo creo que más bien en el sentido inverso, es decir, lo que hacemos lo hacemos porque no nos dan pelota las minas). De hecho, no tendría ningún inconveniente en abandonar este texto si una mujer me lo solicitara (aunque sea para sostenerle la cabeza mientras vomita en un inodoro público). No hay mayor repugnancia que la del rechazo.

El problema de haber respondido al llamamiento de mi líbido adolescente tuvo consecuencias inciertas (como todas las consecuencias), pero aún así, interesantes.
No me arrojé desesperadamente a los brazos de la flaca porque eran demasiado famélicos como para asegurarme sustento, pero me entregué sin vueltas a su trato insulso con tal de, ustedes saben.

¿Qué llevó a una mujer bella a entregarse a un gordito calentón? La desesperación. Pero una desesperación de otro orden. La desesperación afectiva. Ella necesitaba se la reconozca como ser sensible. Lástima. Mi sensibilidad no estaba desarrollada, con lo cual se pasó por alto la correspondencia de afectos. Ella fue ceremonialmente cogida y dejada. Acto que me resultó natural y hasta cortés, pues ella quedaba librada de mí, un ser indigno.

Ya no despechada, sino más bien desengañada por lo miserable que puede ser la vida, ella urdió un plan de muerte:
Utilizó su poder púbico para convocarme.
Despojó a nuestro encuentro de preservativos.
Y finalmente me informó, con la frialdad de una estaca de hierro, que era portadora de HIV.

Morí.






De impoluto blanco y con el resultado del análisis en la mano, el doctor me aseguró que iba a estar bien, que yo no tenía nada, y que la chica me había mentido por desamor. Todos comprendían la venganza. Menos yo.
Lo primero que se muere en un muerto es la noción del bien y mal. También se muere la noción del tiempo, su linealidad, su espacio. Lo que queda es una existencia desnuda. Temblorosa. Desorientada. Apenas sostenida por el resquicio místico que hay entre las palabras.

Busco ese silencio,
lo busco en mis más mínimos movimientos,
en la mirada de un perro,
en la risita de un viejo,
en el rubor de una mejilla,
en el farol de una esquina.

Busco ese silencio,
y cuando él me calle,
sabrán ustedes que,
finalmente,
mi sosiego habrá llegado.

15 comentarios:

Caos dijo...

Asi es, hacemos lo que hacemos porque no nos dan pelota las minas ... y las que quisieramos, ni eso logramos ...

Suponiendo que la verdad sea una mujer -, ¿cómo?, ¿no está justificada la sospecha de que todos los filósofos, en la medida en que han sido dogmáticos, han entendido poco de mujeres?, ¿de que la estremecedora seriedad, la torpe insistencia con que hasta ahora han solido acercarse a la verdad eran medios inhábiles e ineptos para conquistar los favores precisamente de una mujer?
F. Nietzsche, "Mas allá del bien y del mal"

Alex dijo...

Seré egoista pero no quiero que te llegue lsosiego porque se me ocurre que, tal vez, sea la tumba de tus palabras.

Como siempre, te aburro con esto pero es así, quelevachache, me dejan...hipnotizada algunas frases a saber:
-La melancolía hace las veces de máquina del tiempo
-Al fin y al cabo la vida puede ser un sumar días y no un perderlos
-esa escupida miserable llamada destino
-No hay mayor repugnancia que la del rechazo

Esta última la dejé para el final porque, y esto sí es la primera vez que te lo digo, me encuentro esperando que algunas frases que escribís se correspondan al ser humano, al sujeto que te constituye y no al que escribe, no me gusta pensarte disociado, me doy cuenta que necesito que creas en algunas de las cosas que escribís.

Por último, ésto:
-Lo primero que se muere en un muerto es la noción del bien y mal. También se muere la noción del tiempo, su linealidad, su espacio. Lo que queda es una existencia desnuda. Temblorosa. Desorientada. Apenas sostenida por el resquicio místico que hay entre las palabras.

Lo leí y supe que lo sabía, que no era necesario que me lo contaras pero al mismo tiempo con la convicción de que jamás se me hubiera ocurrido reflexionar al respecto.
Gracias.

Ren dijo...

Vengo a responder brevemente:
el mundo no está hecho para románticos como vos y quizás como mi antiguo yo.

Ya me compré el Nervocalm del amor...

ja, amo las katanas. Se vienen fotos peores a la anterior. Lo prometo.

microcosmos dijo...

no sé si uno alcanzará a agarrar alguno de tus días, pero tus textos.. sí, enteros.
me facina cómo dejas escapar entre tus letras (o al contrario, no la dejas irse) la/una muerte sentida.

una vez más me entrego al hecho de extraviar las palabras que quisiera posar en cada entrelínea de lo que escribes, y aprovecho la ventaja de ser lectora para disfrutar a mis anchas la oportunidad de ver cómo búscas tu silencio (y llamarme al mío?)

saludos.

microcosmos dijo...

en realidad la pregunta fue una nota mental (aunque el paréntesis no logró expresar ese detalle); bien puede descartar el signo de interrogación o el comentario en su totalidad.

desde la ventaja de leer (y por tanto, de estar en posición de hacer del silencio un verbo), al terminar el comentario, me-pregunté si acaso el motivo de mi desasosiego crónico no será justamente atender (casi como un vicio) el impulso de intentar-tener-una-palabra-para-todo.

me doy cuenta que la idea de vomitar palabras para, finalmente, (a)callar(se) me parece extremadamente atractiva. pero dudo de lo que digo por hábito, de ahí el signo de pregunta.

no se si me expliqué o enredé más la cosa.

beso.

DIEGO. dijo...

Dulce Alex, yo no sé de dónde saca eso de que usted me aburre (tal vez de la necesidad de que le diga que no). En cuanto a si el sujeto que escribe me constituye, le digo: todo lo que escribo soy yo, pero yo no soy todo lo que escribo. Y si no le gusta pensarme disociado, no me piense disociado. Unifique si le agrada. Pero sepa que la riqueza del ser se diluye en tales operaciones.

Mis instantes, creo, delatan lo fragmentado que puedo ser. Esa fragmentación suele desagradar más que nada por las contradicciones que manifiestan. Y esto debiera responder a su “esperanza” de que yo crea en lo que escribo. Pues si toma como base las contradicciones que manifiesto se desprenderá el valor de lo que digo: nulo. Si algo le aportan mis instantes será por decisión suya. Porque ni siquiera puedo garantizarle plena honestidad intelectual. Lo que sí es seguro es que todo lo que escribo lo siento profundamente, al punto de llorar o reír mientras lo hago. Cosa que, por otro lado, nada importa.

Un beso grande.

Alex dijo...

jijiji, me refería a que mis comentarios son, casi siempre, del tipo "me encanta" como si fuera incapaz de decir otra cosa. A veces es cierto, soy incapaz.
Releyendo lo que te escribí me di cuenta que me falta una palabra, sería así: "al sujeto que te constituye y no sólo al que escribe".
Y para nada quiero que te diluyas, tu respuesta me "tranquiliza".
En cuanto a la fragmentación, creo que somos seres fragmentados, pero disiento, de esas fragmentaciones y sus consecuentes contradicciones surgen imágenes cuyo valor, te aseguro, no es nulo.
Siempre me pregunté qué es la honestidad intelectual, no entiendo bien qué cosa es eso. Con honestidad sola y a secas me alcanza, Die.
Y a mí me importa :)

Beso grande, gracias por contestarme.

BerenOiSe dijo...

me encanta entrar a la blogosfera y venir como guiada por algo hacia sitios como este donde me reciben las palabras con sonrisas.

me ha hecho pensar y sentir cosas bellas, no pido más, espero que la próxima vez que venga por acá la satisfacion sea igual de buena.

un beso.

Alejandra dijo...

yo creo que los tipos hacen cosas para -de alguna manera- no necesitar de las minas...

.naNu dijo...

Decí lo que pensás...
Y qué pienso? Pienso que el tiempo es un invento del hombre, que el "verdadero tiempo" (no el de los relojes, sino el biológico) se perdió, tratando de aprovechar los minutos, haciendo dos, tres, cuatro cosas a la vez, refunfuñando cuando el semáforo o el colectivo demoran segundos... Me gustaría pedirte prestado un puñado de días, una bolsa con horas, para que el tiempo sea sólo eso y transcurra sin presiones.
Pienso también que me gustó mucho tu texto y seguramente guardaré algunas de tus frases en algún rinconcito de la memoria.
Besos!

singular dijo...

Si, quizás sea hora de mi silencio para aclararme, o es esa charla con mi inconciente que sumado a las torpes palabras, no se escriben para la comprensión, sino solo la mía, acto egoísta mi escritura como el suicidio.Si. recurrente, siempre preferir ansiar el silencio de. Pero no. saber que no.
Me gustó mucho la idea de la máquina del tiempo, vivo viajando en ella. vivo. ¿vivo?
Lo que no creo que exista además del tiempo, es un arte de seducción, por lo menos yo siento que quedo totalmente excluida de ¨lo que¨a la mayoría le atrae.
Por así decirlo, siempre hay un roto para un descocido.
Un escritor para un lector, un músico para un oìdo, un amor para un odio. un desamor para un olvido.


gracias por pasar.

singular dijo...

Si, quizás sea hora de mi silencio para aclararme, o es esa charla con mi inconciente que sumado a las torpes palabras, no se escriben para la comprensión, sino solo la mía, acto egoísta mi escritura como el suicidio.Si. recurrente, siempre preferir ansiar el silencio de. Pero no. saber que no.
Me gustó mucho la idea de la máquina del tiempo, vivo viajando en ella. vivo. ¿vivo?
Lo que no creo que exista además del tiempo, es un arte de seducción, por lo menos yo siento que quedo totalmente excluida de ¨lo que¨a la mayoría le atrae.
Por así decirlo, siempre hay un roto para un descocido.
Un escritor para un lector, un músico para un oìdo, un amor para un odio. un desamor para un olvido.


gracias por pasar.

Alex dijo...

Diego, vengo a invitarte a la cantina de Zorgin, mañana cocino yo y me gustaría que fueras. El link está en mi blog.
Beso
(si no podés o querés está todo bien igual)

Victoria dijo...

jodeme

terrible!

Ren dijo...

Roland Barthes

Se necesitan pocas palabras para expresar algo tan complicado.

=) Siempre un placer leerte.