10 de noviembre de 2009

Fenomenología del deporte; del porqué lo practico.

El deporte puede ser divertido en su aspecto de juego. Puede también ser saludable en virtud del ejercicio. Pero en rigor, el deportista sabe que nada de eso es destacable en su disciplina, sea cual fuera esta.

Monotonía, lesiones, agotamiento, dolor. Todo deporte implica un disciplinamiento y una puesta en contracción al natural desborde de la vida. El deporte es una reconducción de la vitalidad y una manifestación creativa de la voluntad que, en tanto fenomenología, resulta el quid de la cuestión deportiva.





El deporte como mundo.
Si no puedo correr ando en bicicleta, y si no puedo andar en bici, nado, pero bajo ningún punto de vista abandono mi quehacer deportivo. Y es que en cualquiera de estas tres disciplinas, hermanadas por su práctica en soledad, participo del profundo fenómeno existencial; el deporte es un diálogo con el no-mundo y tiene que ver con la construcción a partir del insondable concepto de vacío.

“Soy el nadador, Señor, solo el hombre que nada. / Gracias doy a tus aguas porque en ellas / mis brazos todavía / hacen ruido de alas”. Héctor Viel Temperley, nadador y escritor.


La perseverancia, la rutina, la repetición; el hacer obsesivo del deporte es como la cámara lenta: nos permite transitar por un otro tiempo. Facilita la captación del detalle,

(abro un paréntesis: ya Flaubert sostenía que bastaba ver algo mucho tiempo para que este se volviese interesante. De la misma manera, rutina mediante, el deporte nos interesa con el mundo: y como indica el prefijo inter, nos pone en un entre. ¿Entre qué?, entre puntos no relacionados por fuera de la práctica deportiva. Es decir, nos pone en interés y participación de un otro tiempo construido desde la intimidad (que tiene tanto que ver con el vacío), propiamente dicho, un mundo singular. Como para no fascinarse)

posibilita un ejercicio del sentido visual, y a su través, (recordemos que no hay sentido independiente, todos están interrelacionados e interconstruidos) otorga a la imaginación el poder de gestionar a la voluntad. No hay excelencia deportiva sin imaginación. Desde los movimientos solitarios del karateka haciendo su katá (literalmente “forma”), hasta la coreografía en tierra que hacen los pilotos de la impresionante Red Bull Air Race (no se pierdan este video). Es así: todo comienza en la cabeza. Y así lo supo Adidas y así lo capitalizó con su campaña Impossible is Nothing.






El deporte es un diálogo con el mundo. Es íntimo porque se sirve de la imaginación y de otro procesos mentales para construir una realidad que no existe: la fenomenología deportiva es la conciencia del mundo-uno.

El deporte tiene tanto de física como de metafísica. Se aprende a creer en un más allá porque se transita la experiencia de un más acá (en tanto dinámica de la superación, el haber sido fundamenta el poder ser). Se aprende a descansar, se modifica la alimentación… todo se vuelve un ejercicio de economía vital. Y es que para el deportista no hay mundo. El mundo es un hecho de la voluntad. La administración sabia de sus recursos hasta la conquista de otros. La experiencia misma de la sucesión. El sentimiento propio de la inmortalidad.

29 de octubre de 2009

Crónica de un reordenamiento íntimo.

(Hermanado al texto anterior).

Por extraña vez consecutiva (entre repetición y diferencia tensamos la vida), actuó. Lo hizo a su modo, femenino, por no decir que ignoro.

Sin embargo sabemos, por humanos y animales, que la pasión es contingente y que la explicación es, también a su modo, otra forma de engañar. Convencidos de esto juzgamos conveniente abandonar las palabras a su infinito decir; y callar. Pero callar con risa y malicia. Como habiendo acordado, cual guerreros (las parejas luchan), un pacto de custodia a nuestra comunidad. Es esta, le guste o no a los de afuera, la única manera de traficar intimidad bajo la constante amenaza del orden psico-cultural.

La restauración amorosa (el amor es un privilegio caro) es posible si se aprende a despreciar al ideal. Siempre puede fundarse un bienestar, si aun conociendo el pasado (y su costumbre de repetición), se considera impertinente su anulación (el pasado nunca es tal en su condición de haberse ido). Es decir, construir un bienestar no tiene que ver con una negación del daño sino con una anulación del drama, del relato trágico.


“Lo trágico no es tanto la acción como el juicio, y la tragedia griega instaura primero un tribunal”. Crítica y clínica, Deleuze.


Hay que volverse lúcido y tomar conciencia (reitero, el amor es un privilegio, y como tal, caro). Conviene fijarse, por ejemplo, si la tan solicitada confianza, no es más un producto del miedo que una prerrogativa del amor; yo creo que a la conquista de un bienestar, la confianza es inútil. Traigo una vez más a Deleuze: “No tenemos por qué juzgar los demás existentes, sino sentir si nos convienen o no nos convienen, es decir, si nos aportan fuerzas o bien nos remiten a las miserias de la guerra, a las pobrezas del sueño, a los rigores de la organización.”

Mutis, mutare. Mutemos con las voces de Ibrahim Ferrer y Omara Portuondo.

21 de octubre de 2009

La ausencia del orden; del caos amoroso y la pasión ingobernable.

Si nos damos a la vida sin ánimos de negación, las relaciones amorosas se dan sin más. Criados con el bien y el mal en más menos clara partición, nosotros, los amados, nos la rebuscamos para gestionar relaciones que contemplan la posibilidad del error, de la falta, del equívoco.

Digamos que podemos incluir lo desagradable, lo doloroso y lo patético, en situaciones y categorías amortizables; decir que no hay mal que por bien no venga, es una política del orden.

Sin embargo, cuando la traición entra en juego, y si no nos amedrentamos rápidamente ante el abismo de la novedad, podemos contemplar, desde la Divina distancia de la soledad, el poder destructivo del tener que amar.

15 de octubre de 2009

Prefijo argumental; variaciones de una constante.

El vaticinio es plaga del futuro, su constructor y devorador; el rumor también, claro, está angurriento por-porvenir. Todo decir, por así decirlo, es una referencia a lo venidero; mientras que aquello a lo que vendremos, tan presto a la poesía como a la geometría de las cronías y topías, no es sino ya, solo; y esto.




Vaticinio, plaga del futuro, devorador y a su modo constructor; y el rumor, esa otra cosa-acosa del porvenir. Lo dicho, por así decirlo, viene; y aquello a lo que vendremos, ensueños y verdad, nos da la geométrica protección de un espacio y tiempo, que no del todo será.




Futuro plagado, ya deshabitado por haberlo figurado; rumor, no de lo dicho, sino de ese sonido arremolinado al oído; viento venido de un sueño, que nos hace algo distintos, ya porvenidos, devorados, una y otra vez, en el transcurso de un tiempo que no del todo fue.

6 de octubre de 2009

Voces; un ensayo sobre la mutación.

En la elegancia de una voz ronca, ahí hay, como en un zapato gastado:

testimonio del paso (también del paso del tiempo)
presunción de experiencia (en su valor de promesa de futuro)
calidez de añejamiento (calidad de llevar consigo su origen: traspolación de hogar)

; además, en el efecto de esa temporalidad, subyace la seducción de la ruina, de aquello que, a pesar de todo (el tiempo es nuestra obsesión), subsiste.

Sin embargo, esta mención mía, no es tanto sobre el sonido rasposo como sobre la cualidad propia de toda voz: su fulgor. Su producción allende al silencio.






Rafael me comentó en un par de ocasiones que Marguerite Duras decía escribir con los agujeros de su memoria. Bien, hay quienes también hablan con la voz del silencio; y escucharlos cantar o hablar desde la muda emoción nos genera sympatheia. Son ellos quienes logran producir un cambio haciendo audibles las vibraciones emocionales subsónicas de la vida, tan propias de nuestra fisiología. Consideremos que mutismo viene de mutis, y que mutis viene del verbo mutare.






La potencia de una voz es tanta que, en extremo dúctil, llega a dar sonido a lo impreso. Puede, palabra escrita mediante, mantener la reserva expresiva suficiente para convidar la mutación.

Tener voz propia es tener oídos. Porque así como hay que verse para imaginarse, hay que escucharse para hablar (los sordos de nacimiento no hablan). Bioy tiene su propia voz porque se escucha. Y tiene un rostro porque se ve y se asume:

“En no recuerdo qué oportunidad un fotógrafo me dijo: "Usted no va a creerme, pero hay personas que no asumen la responsabilidad de su cara". Rápidamente resolví, por si acaso, asumir la responsabilidad de la que tengo, no sin preguntarme qué había de cierto en la pomposa formulación, recapacité: si influimos en la evolución de nuestra cara, en alguna medida somos responsables. Lo malo es que también en esa evolución colabora la decrepitud. Tal vez dependa de nosotros que la decrepitud se manifieste más o menos aviesa, imbécil, crapulosa, ávida. Según mi experiencia, un no muy atento observador de su cara se identifica y al fin se conforma con la imagen frontal que le propone el espejo. Los perfiles, cuando los divisa, lo sorprenden, acaso ingratamente, como el timbre de su propia voz, cuando la reproducen artefactos mecánicos”. Yo y mi cara, Bioy Casares.





Hay que mirarse la voz para no ser mecánico y automático, para librarse de las emociones que traen con ella los usos sociales de costumbre; ejemplos: no elevando el tono en una discusión. Quitándole el susurro al chisme. Cambiándole la cadencia a la explicación. Embroncándose sin el entredientes. Entusiasmándose sin aturdir. Libidineando sin sisear. Seduciendo sin gravedad. Cuestionando sin interrogar. Etcétera. Etcétera. Etcétera. Etcétera.






Los motivos para dar dedicación a la voz son los mismos que uno tiene para cambiar de peinado o religión: y no es tanto un cambio de mirada como una mirada al cambio: para que las cosas sucedan hay que percibirlas. Viéndose cambiar se produce el cambio. Esta es la formulación que yo percibo y que para resolverse pone tres estadios en concatenación: mímica-improvisación-creación. El Jazz lo demuestra claramente. No hay jazzista al que la improvisación le sea ajena, ni mucho menos, la ejecución (histórica) de su género. Así es la cosa: del parecerse al serse. De una superación de la metáfora. De la construcción de un espacio inmemorial: la construcción de una vida donde la flecha del tiempo, con su decrepitud adyacente, no sea un ceñimiento como la concentración de todas las variables posibles del existir: dicho de otra manera, no conozco muerte que no sea: mimética, improvisada y fundacional: en extremo singular.

Y si llegaras a hombre, ¿a qué más podrías llegar? Antonio Porchia. Voces.

1 de octubre de 2009

Humor salvaje; sobre los límites y comportamientos del arte.

Michael Richards es uno de mis cómicos predilectos, sobre todo en la piel del personaje Cosmo Kramer, del programa Seinfeld. Aquí lo vamos a ver en un lamentable estado, provocado por una persona del público, durante un stand up (cosa que me pone triste). Luego lo vemos, por esa ocasión, en una entrevista con Ed Sullivan y Jerry Sainfeld.

A notar: lo idiota que puede ser el público. Sinceramente me cuesta entender cómo la separación entre ficción y no ficción puede ser u omitida o aceptada sin más. La cosa es mucho más compleja. Los repartos de sentido siempre están desplazándose. Y el arte, como motor de ese desplazamiento, nos insta a re-percibir y reelaborar las nociones que nos configuran como humanos, nos habilita un nuevo espacio; y el espectador debe asumir su responsabilidad como habitante de tal: porque la dialéctica del espacio es siempre entre habitación y habitante.






Hay que considerar que el evento artístico tiene su fenomenología y que ésta no remite a nada: es una creación inédita. Y en ese punto tanto artista como espectador son nóveles. No hay necesidad de ser necio. Ya sabemos que el carácter controversial del fenómeno artístico es perenne.

Voy a insistir: administrar al arte en términos de ficción y realidad (u otros pares igualmente rígidos), hacer reparticiones de sentido con base dual, es desperdiciar toda la riqueza que el evento artístico puede dar a la condición humana.

22 de septiembre de 2009

Nota sobre el salvajismo.

Escribo esto porque mi enemigo es analfabeto. En el peor de los casos estas palabras funcionarán como evidencia y venganza, en el mejor, como herramienta de supervivencia.

Escribo para pensar y no caer en la paranoia. Es difícil hacerlo bajo estas circunstancias, pero el pensamiento es lo que acostumbro a usar para salir de mis problemas. No debería ser así; la violencia no debe serle ajena a ningún humano.

Tengo miedo y me siento deficiente; bajo este acecho me cuesta concentrarme. Además, por estar escribiendo a mano no entiendo mi letra, y el esfuerzo de mi lectura me altera aún más.




Hace unos días llegué a esta isla del delta con ganas de desenchufarme. Alquilé esta casucha a un desconocido que, en principio, no tiene nada que ver con esto. La precariedad fue mi elección, pude elegir un lugar más cómodo pero quise experimentar la fantasía del aislamiento y del vivir con casi nada.

Hasta acá me trajo el propietario con su lancha. No tengo idea dónde estoy exactamente, navegamos unos 40 minutos y todo fue medio laberíntico. Mañana debería volver a buscarme. Cuando me dejó en la orilla me dijo que en realidad yo no iba a estar tan solo, que también habitaba la isla un hombre y su hija. Me dijo textualmente: “es un bruto-analfabeto, un huraño de mierda, así que ni lo vas a ver”. No le reproché que no me lo haya dicho antes. Asumo que la verdad es un vicio intelecto-moral, no comercial.

Durante los primeros dos días me conformé con orillar el río y apenas me metí en la selva para hacer mis necesidades entre chapas. Me traje algo de comida pero de todas maneras tiré un par de líneas al agua. Leí, dormí, y pasé un tiempo largo limpiando y cocinando los pescados.






El tercer día me mandé a espiar al viejo. Un poco jugando al explorador empecé a recorrer el lugar. Hasta de puro idiota me llevé el cuchillo a la cintura. La aventura fue breve, en pocos minutos estuve en la orilla contraria sin noticias de mis vecinos. Me pregunté dónde estarían. Sin embargo, antes de pensar nada, escuché unos golpes. Me agazapé y fui hacia ellos. A pocos metros, calculo unos cincuenta, había una nena de trece o catorce haciendo leña a hachazo limpio. Me escondí y me quedé mirándola.

Debo reconocer que su exotismo era cautivante. A pesar de su delgadez demostraba fuerza. Su anatomía era femenina, incipientemente femenina, pero su cuerpo tenía un comportamiento más bien masculino. Tenía la piel brillante y amarronada. Y el efecto de la luz (perpendicular a esa hora) hacía que su traspiración refractase con calma los tonos de la tarde. Podría haber pasado por un espejismo, su figura se adivinaba entre el paisaje y de manera intermitente destellaba en verdes y dorados como la propia selva y río.






Es notable, la naturaleza se comportaba con ella de manera diferente que conmigo. Mientras que para mí todo era contexto, para ella era… no sé cómo explicarlo… para ella era si misma. Debo admitir que jamás había visto un cuerpo en ese estado. Tan igual y tan distinto al nuestro. Me pregunto si es posible una observación antropológica de la sensualidad. Imagino que mantener distancia con algo atractivo es todo un reto para la disciplina. Por lo pronto es peligroso; brotado de la tierra misma el padre se plantó entre ella y yo. Me miró fijamente la entrepierna y luego me gritó como a un animal. Y como tal respondí.

Corrí por un tuvo de espinas y ramas. Atravesé la selva hasta llegar a la casucha sin tener idea cómo. Ahora estoy cortado y lacerado en innumerables lugares. No puedo curarme. La mochila, donde tengo un pequeño botiquín, quedó junto a la caña, afuera. Prefiero quedarme adentro y esperar a que pase la noche. Voy a mantenerme a oscuras, lejos de la puerta y aferrado a mi cuchillo de pesca. Ya no queda claridad. Dejo de escribir. El tiempo dirá.

15 de septiembre de 2009

La recomendación.

En la simpleza de la soledad está la angustia más profunda. En soledad el tiempo se amontona; en lo particular me hastío cuando tengo ese estado mental abigarrado: estoy como sobrevolándolo todo, con ansias de aterrizaje, pero sin hacerlo nunca.

Ese tipo de soledad, con sombras demenciales y al acecho de cualquiera que esté involucrado en algo, es la antítesis del vital instante presente: es perderse en un amontonamiento de tiempos: un espacio fantasmal hecho de saudades, especulaciones, melancolías, proyecciones, procrastinaciones, todo a la vez.




Hoy por hoy (aunque desconfiando) me interesan las formas de salida (dije desconfiando porque reconozco que el pensamiento de la salida, de la línea de fuga, del dispositivo de poder, también puede funcionar como obsesor del pensamiento y convertirse, paradójicamente, en el estanco que buscaba evitar). Incluso prefiero evitar la verdad contraria: que todo puede subsumir nuestra atención y subyugar la soberanía que, inferimos, debe tener nuestro ser.

Porque me parece que si alguna vez, la raíz misma de nuestro fundamento intelectual, es obviada por un acto de amor irracional o por un evento milagroso, nada de ello importaría. Sí, esto es un poco la diatriba clásica de la fe y la razón, de lo que se sabe y lo que no, de lo cognoscible y lo incognoscible. Pero también más. Es el espacio donde se juegan las actitudes que nos definen: por otro lado, cabe también preguntarse cuál es la necesidad de la definición.

Hay un punto en que esto debe parar. Es una cuestión natural de no tolerancia a la soledad. Es cierto que no hay que pasar demasiado tiempo consigo mismo. Ahora, ¿qué hacer si en la soledad del todo posible, si en el amontonamiento del tiempo, uno se va extraviando, diluyéndose sin asir nada concreto? ¿Cómo volver a la salud del sin tiempo, del instante vital, cómo salir de la subjetividad patológica? Por desconfianza al mismo pensamiento de la salida no puedo pensar que la apuesta debe hacerse al pensamiento; por la fe tampoco: la entrega implica negarse como parte de un todo; porque reconocerse es motivo de escisión, y eso es suficiente para abdicar de la plena comunidad. Sin embargo…




Sabemos que las palabras se remiten a sí mismas, y que todo lo decible es agotador por la lógica de una sucesión infinita; un problema del lenguaje. De esa soledad del continuum se sale con algo concreto: la música, por ejemplo.

Pocas veces encuentro música con la que pueda habitar un espacio simple, que no me remita a nada, que me deje ahí donde estoy. Una música con la independencia suficiente como para zafar de banales interpretaciones.

En general, no me parece que la música sea “tiempo” tanto como la corroboración de un espacio; esta es una experiencia que se da también en los compartimientos del juego: es el lugar del solo estar, del estar presente.




Hablar de música, como hablar de sí mismo, es inútil a los efectos de esclarecer cualquier cosa. Habremos de sentirnos muy satisfechos si logramos suscitar interés sobre algo y compartir, así, ese concreto que evita la profundidad de la soledad. Es simple, cuando hay algo entre nosotros no hay lugar para nada más.

Ahora sí, recomiendo escuchar “Electrical Tears” del magnífico violero Buckethead.

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10 de septiembre de 2009

Incompatibles; un corto-ensayo, un corto-circuito (guión).

Abre plano y estamos en una casa tipo loft. Escuchamos una música incidental en off (subí este tema porque está bárbara la banda). Vemos en la cocina a un humanoide hecho de bits. Parece un avatar en 3D a tamaño real (no pretende ser hiper-realista en su diseño, su aspecto tiene cierta presencia a personaje de video juego). Vemos que está preparando un desayuno. A pesar de su aspecto incorpóreo (parece un holograma gigante) puede manipular objetos. Es decir, tiene incidencia física sobre su entorno.

En la otra punta del ambiente vemos a un hombre vestido de entre casa tomando el desayuno y usando su notebook. Percibimos una atmósfera de tensión.

Notamos que el humanoide prepara el desayuno con diligencia y elegancia. Tiene hasta el detalle de poner una pequeña flor en una bandeja. El hombre lo mira nerviosamente de reojo y trabaja sobre su computadora. Planos y contraplanos nos dejan ver que algo entre ellos sucede. La tensión va increscendo.






Ahora vemos una subjetiva del humanoide (clásica visión-pantalla donde se ven fluctuar los típicos parámetros de un “terminator”). Vemos que comete una torpeza y tira un vaso. Empieza a tener un comportamiento extraño, como si estuviese fallando. Mira al humano y lo evalúa brevemente. El hombre comienza a tipear más rápidamente en su computadora. El humanoide sigue en su fallar: intenta agarrar algo y vemos que no puede, que pierde su capacidad física de interactuar. Esto sucede de manera intermitente y por sectores de su cuerpo: a veces la mano le sirve para asir y otras es fantasmagórica (lo mismo con el resto del cuerpo). También notamos que otros objetos de su entorno, como por ejemplo una taza, están hechas de su mismo material y que titilan como fallando y perdiendo solidez.






Por corte vemos la pantalla de la notebook desde la subjetiva del hombre y podemos observar un software donde está el modelo en 3D del humanoide y la cocina. Nos damos cuenta que el hombre lo está manipulando como a un muñeco de vudú.

(Nota: cuando la subjetiva es del hombre escuchamos su respiración, y cuando es la del humanoide escuchamos un leve zumbido eléctrico).

Nuevamente vemos una subjetiva del humanoide que intenta comprender su torpeza mirando sus manos y tratando de tocarse a sí mismo (a veces puede y a veces no). Ahora vemos una subjetiva del hombre que lo mira. El humanoide está de espaldas y gira para mirarlo también. Por corte pasamos a la subjetiva del humanoide. Vemos que su visión-pantalla emite una alerta y late en rojo al ver a la computadora del hombre. Nos damos cuenta, junto con el humanoide, que el hombre es el causante de su fallar.






Ahora vemos un plano que incluye a ambos en cuadro. Vemos que el humanoide se lanza corriendo sobre él. Vemos que él hombre toca algo y el humanoide (solo él) comienza a moverse en cámara lenta. Mientras avanza a esa velocidad, el hombre sigue tipeando. Vemos que termina de ingresar una línea de comando y está listo para darle enter y terminar con todo. Sin embargo el efecto no es el esperado y el humanoide acelera increíblemente e impacta contra el humano.

Ambos se traban en lucha. La escena es violenta. Vemos que el humanoide sigue fallando y que algunos de sus golpes traspasan al hombre sin hacerle daño. De la misma manera, cuando el humano lo golpea, sus embates resultan inútiles.






La lucha continua con ferocidad. Ambos intentan alcanzar la notebook. En eso escuchamos un grito de “¡basta!”. Ambos se detienen. Por corte vemos parada en la puerta del baño a una muy bella mujer.

Ella los mira con hastío y resopla “son todos iguales”. Luego da la vuelta para entrar nuevamente al baño. Cuando nos da la espalda vemos que una taza de café vuela hacia ella (no sabemos quién de ellos la arrojó) y que pasa a su través sin hacerle daño (abriendo, de esa manera, un interrogante sobre la naturaleza de su existencia).

4 de septiembre de 2009

Exorcizado.

No sé cómo aparecí aquí.
Veo mucho espacio. Y parece no haber más nada en el universo que una repetición de esta tierra que piso. No camino, si lo hiciese, se agregaría un metro más.

Lo terrible es que hay una profundidad en mí lo suficientemente grande como para no querer recorrerla. Me siento monstruoso, pero de una manera abstracta.

No puedo mirarme, no estoy precisamente donde está mi voz. Y al mismo tiempo, hay un abismo entre lo que digo y lo que escucho. Contemplarme, de alguna manera, me disgrega angustiosamente. Es un borramiento que nunca acaba. Estaré muerto. Aunque extrañamente eso no significa nada ahora. Dantesco.

A mitad del camino de la vida,
en una selva oscura me encontraba
porque mi ruta había extraviado.

¡Cuán dura cosa es decir cuál era
esta salvaje selva, áspera y fuerte
que me vuelve el temor al pensamiento!


Ahora no sé si alguna vez no estuve aquí. A ver lo que veo. Luz no hay, la reemplaza una claridad fría, sin foco, abarcadora de todo, de manera que no hay fin hacia donde veo. Todo el universo se precipita a partir de mi mirada. ¿Quién está conmigo, en mí? ¿Dentro de qué o quien estoy? Me siento algo animal, puro contexto. Una emergencia sin destino. Zooy.






Recuerdo a Ricardo Mollo, su voz sentida, la presencia de Divididos como flotando en mi Hurlingham. Todo es un tanto salvaje en la vida de quien ve al rock como cualquier otra piedra. Igualmente, Arnedo tenía su Alfa Romeo. Era gris, tenía pegada la neblina local.

Oremos:

Que hay de esa imagen en mi cielo
no creo ser tan importante
camino mi propia luz
y me siento un haz de luz
Claridad del propio ser.

Luz, luz, luz del alma
soy un hombre que espera el alba.

Que hay de esa imagen en mi infierno
si ya fui roto a tomar aire
caminaste por mis brazas
me soñé en la oscuridad
me estrellé contra mí.

Luz, luz, luz del alma
soy un hombre que espera el alba.

No confunda che pastor
no me interesa tu cielo
toda el agua va hacia el mar.

Luz, luz, luz del alma
soy un hombre que espera el alba.
Luz, luz, luz del alba
soy un hombre que espera el alma.

No me voy a engañar. Loco me sé que no. Y de seguro esto no es el infierno, ni el cielo, ni el purgatorio.






Hay algo que se me dice, no puedo ignorarlo: no luches con monstruos para así no convertirte en uno de ellos; si contemplas el abismo, el abismo te devuelve la mirada. Esta frase aparece una y otra vez, como que viene de adentro, y como que crece al punto de tenerme en su cuerpo y ser yo su interior. Es de Nietzsche, pero es mía, me explica.

Tengo las piernas como raíces secas. No hay razón para la angustia que me produce verme atado. Una y otra vez la tierra es raíz y la raíz pierna. Quisiera tener una madre.

¿Qué es esto de serlo todo? Terrible el Aleph. Es una idea patética. Hay que olvidarla: será el olvido la única venganza y el único perdón.

Esta voz al oído me harta, tiene la vaguedad de un mal sueño. El universo es un ente sin coraje. O uno es un cobarde que inventa el coraje para morir con egoísmo y heroísmo; se trata de la excusa, la excusa que, finalmente, es nuestra alianza y traición.






Las piernas están como si no estuviesen. Si algo de reptil hay en esta posesión, sea entonces San Jorge el que me de libertad y curación.

No soy yo quien me dicto, ni un fantasma el que me apunta. Es como si todo emanara de una nota manuscrita y anónima. Una nota dejada por alguien que finalmente saltó por una ventana; esa pesadez tiene. Pienso en Deleuze y en toda su filosofía, ahora inútil, contradicha por él mismo, no en palabras, sino en caída libre: me equivoqué, la vejez no era como la pensaba.

Mi pensamiento, en vena, se levanta y fallece en cada afirmación. Demasiadas cosas en consideración. Todos los hombres cargamos, de repente, con algo demasiado grande; será la humanidad quien nos corresponde, y a la cual, sin embargo, no podemos corresponder. El sentimiento de ello doblega (las piernas están como si no estuviesen).

Hay independencia hasta en las propias células. Uno no puede ni con su intimidad. Y no es irreal. La libertad nos tiene. Proliferación de la vida por la puntualidad de la muerte. Sin apoptosis no hay salud. Sin muerte hay cáncer.

Las rodillas duelen, justo ahí, sí, también ahí: en la trivialidad de una articulación, el tiempo pasa, porque no solo las ideas envejecen. La artrosis nunca es solo lo que es. ¿Ya seré viejo?

Pensar lo menos posible, esa es la única forma de caminar. Supongo que eso habré hecho. No lo recuerdo. No sé si alguna vez estuve allí. Por lo pronto ya no hay lo que había. La respiración ahora es pulmonar, hace momentos no la necesitaba; algo me prestaba su muerte y a algo le prestaba mi vida. Todavía estoy entumecido, algo anquilosado.

28 de agosto de 2009

Vidas anfibias; un relato de la primera era soft-geológica.

"El hombre que conoce la verdad está más allá del bien y del mal. El hombre que conoce la verdad ha comprendido que la ilusión es la realidad única y que la sustancia es la gran impostora." H. P. Lovecraft.





Su esposa conoció a un lobo en Second Life; no pasaron muchos encuentros hasta que una habitación hizo eco de los primeros aullidos.

El marido, aun desconociendo todo sobre licantropía, empezó a sospechar; las extensas jornadas online de su mujer, los felices estatus de Facebook, y las páginas de sex-shop en el historial de navegación.

Sin embargo no era suficiente; entre excitado y muerto de celos le prometió a su hijo una Notebook. Claro, también le pidió que le explicara qué era eso de hackear.

21 de agosto de 2009

Platonismo amoroso y metaverso: nada más real que el dolor.

No es una locura considerar a esa mujer real. La locura es sentir algo que tal vez no exista.

"Dolido. Imaginándose muerto, el sujeto amoroso ve la vida del ser amado continuar como si nada hubiera ocurrido". Roland Barthes. Fragmentos de un discurso amoroso.





Lo no correspondido trasvasa los planos de la realidad y la virtualidad, los anula. Y esto sucede porque el amor, para ser comunicado, debe tomar la forma de un relato. Y el que ama confunde el sentimiento con el relato del mismo. Sin embargo el amor no se constata en la comunicación de su deseo (el amor no se constata, y las actos de amor no son sucesivos ni acumulables, la cosa se juega día a día de una forma que del todo nos resulta incomprensible), lo que lleva trágicamente a confundirlo con la irrealización: no me ama porque no sabe todo lo que la amo: no me ama porque no me conoce: debo darle a conocer mi amor: una vez comunicado, me amará.

Quereme, yegua.






"Anulación. Explosión del lenguaje en el curso del cual el sujeto llega a anular al objeto amado bajo el peso del amor mismo: por una perversión típicamente amorosa. Lo que el sujeto ama es el amor y no el objeto mismo". Roland Barthes. Fragmentos de un discurso amoroso.


Mientras el metaverso sea considerado como un medio más, tendrá el sabor amargo de la conquista imposible ya que solo se usará como medio de comunicación de un deseo que no se llegará a constatar. Lo platónico del metaverso está en el error de su consideración mediática. Una vez más la confianza en nuestras capacidades pone demasiada carga de esperanza en el lenguaje (en este caso revestido de una tecnología digital y virtual). Y así replica al mundo real con sus fantasmas.

El dolor provocado por el rechazo o la ignorancia hacia uno crea la relación fantasmagórica: el dolor se confunde con la constatación de una realidad: no me ama, se piensa, y con ello se cree en una realidad que no es tal: la otredad, en tanto relación amorosa, nunca existió, nunca participo de nuestro deseo. Existe alguien, sí, pero no forma parte del relato de nuestra imaginación amorosa. El sentimiento amoroso es un avatar por definición: toma la forma que esperamos de él.






La imaginación construye la relación metaversal como cualquier otra. Quien ama relata, y sobre ello busca constatar una correspondencia, que no se da, pero que siempre se considerará factible. Es una problemática ontológica: sobre lo imposible del amor (que se da, porque finalmente se puede amar y ser amado) o mejor dicho, sobre el desamor dominante, sobre ese hueco a ocupar por otro, uno no para de construir: átomos o bits, no importa, la realidad siempre es una. Una en si misma, nunca un medio.






“En cierto modo el amor es un engaño concertado, los dos saben que el otro se hace una imagen superior a la realidad, pero admiten y fomentan ese engaño porque es preferible. Es el engaño el que enamora, pero no en el sentido de la traición, sino en el de dotarse uno, y dotar al otro, de virtudes supernumerarias”. Alejandro Dolina.

16 de agosto de 2009

Paralaje de un gozo.

No tengo recuerdo para asociarlo, sin embargo, por algún motivo, una temperatura cercana a los veinte grados y la noche (más aún si hay luna llena) me provocan un gozo de mixtura


“Este animal carece de ojos y sólo puede dar con su lugar de acecho gracias a la sensibilidad de su piel a la luz. Este salteador de caminos es completamente ciego y sordo y sólo el olfato le permite percibir la cercanía de su presa. El olor del ácido butírico, que emana de los folículos sebáceos de todos los mamíferos, actúa sobre él como una señal que le impulsa a abandonar su posición y a dejarse caer ciegamente en la dirección de la presa. Si la buena suerte le hace caer sobre algo caliente (que percibe gracias a un órgano sensible a una temperatura determinada), eso significa que ha logrado su objetivo, el animal de sangre caliente, y que ya no tiene necesidad más que del sentido táctil para encontrar un sitio que esté lo más limpio posible de pelos y hundirse hasta la cabeza en el tejido cutáneo del animal. Ahora ya puede chupar lentamente un chorro de sangre caliente”. Uexküll, sobre la garrapata, citado por Agamben.


en el que podrían caber la emoción sensual, la vibración erótica, el sentimiento romántico, y la percepción de estar siendo circulado por un energía vital que necesita comunicarse conmigo, porque me pertenece, y con el otro, porque le pertenece; cosa que intuyo imposible de efectuarse, lo que le da cierto regusto trágico, pero que, sin embargo, es algo demasiado atractivo e intenso como para lamentarlo.


I'm a shooting star leaping through the sky
Like a tiger defying the laws of gravity
I'm a racing car passing by like Lady Godiva
I'm gonna go go go there's no stopping me
I'm burning through the sky yea
Two hundred degrees that's why they call me Mr. Fahrenheit
I'm travelling at the speed of light
I wanna make a supersonic man out of you
Del tema ¨Todo lo que es persevera en su ser¨, de Freddy Spinoza.



Ver llamas como garras recortando la oscuridad; supongo que han de sentirse a ellas mismas como yo las gozo al verlas; perduran ya no siendo ellas ni tampoco yo y mis veinte grados (etc) en incluso este tema. Y le grito a Edgar Morin que está diciendo cosas un par de párrafos más abajo (y al niño que está en el último): “Ehh, el tema que acabo de linkear tiene guardada nuestra edad”. Pero attenti, la tiene escondida en el punteo de la guitarra que hace la base. Y la tiene tan escondida que hay que ir a otro tema para escucharla. Y ahí sí, en Every breath you take (y su base) reconozco mis huellas, mi tránsito por la niñez y la pubertad. Todo en el vehículo de la aparente semejanza sónica entre temas. Entre ellas y yo: ángulo de paralaje.






También cierta brizna, si es cruzada, y viene un poco desde atrás; eso mismo, sin ser algún pasaje de Pessoa, aunque siéndolo en mí en grado piel. Lo mismo, como esa dermis mía, una mirada sin horizonte, que podría ser hacia los campos de Buenos Aires.

Y que las cosas se vinculan también podría ser cierto. Porque el gozo, el mismo gozo, está en la imagen del eclipse, sea el astronómico o el de Mitsubishi.
Cuando esos eclipses nos suceden, no hay otra cosa más, uno cae en el cono de la sombra o en el túnel de la velocidad. Resplandores; los hay en la retina como en el pie del acelerador. Y así damos por inaugurada la exofisiología con su emergente estética.





Naranja.






El naranja, si lo veo como un ocaso eterno (real en el polo), también me estremece; cosas de la fe.

Veo que el color es también una cuestión de amor. Será que en sí está el gradiente; el movimiento; la paralaje: y la paralaje de la paralaje; y esa cuestión de irse muriendo siendo eso (tal vez) otro efecto de la paralaje. Qué cosa esta obsesión de la vida por vivirnos.

La existencia me precede. Edgar Morin me dice en el pequeño libro “Diálogos sobre la naturaleza humana”: “En el fondo, creo que todo ser lleva dentro, de forma más o menos reprimida, todas las edades de la vida: el recién nacido, cuya gravedad resulta tan fascinante de contemplar, es ya un aciano en posesión de una sabiduría inmemorial, de la que no es, por supuesto, conciente”. Y continúa: “Me atrevería a decir que lo humanamente ideal sería que todas esas edades de la vida vivieran en nosotros, en el bien entendido de que la vez es una bonificación y no un avinagramiento”.

Lo entiendo. Y lo ideal sucede. La comunicación de las edades se da, finalmente, borrando el cronos (u olvidándolo, yo que sé). Y uno se llena de gozo, te cuento: iba yo corriendo con esos shorts que tienen un tajo al costado y me crucé con un nenito en su triciclo (cual Mitsubishi Eclipse). Lo miré serio, me miró grave (cual Edgar Morin), y con su recién inaugurado lenguaje me gritó:“Ehhhh, tenéz doto el pantadón”. Le sonreí, naturalmente. Y en esa curvatura él, sin saberlo, me entendió: gracias che, gracias.

7 de agosto de 2009

Mutantes; la feminidad y el Mercedes Benz GLK (primera parte): el embarazo.

Mercedes Benz lanza un vehículo que a los mismos diseñadores les resulta imposible de clasificar. Al nuevo GLK no se lo puede catalogar ni como Off Road ni como SUV, ni como Crossover. Es y no es todo eso. Es un mutante.




Sin embargo, lo más desconcertante no me lo provocó el vehículo (después de todo es solo eso) sino la forma de presentarlo que tuvo la marca germana. Para su lanzamiento eligió la película sex and the city. Y un dato no menor, en el film el GLK es utilizado por una mujer (el personaje que interpreta Kim Cattrall, Samantha Jones), algo que verdaderamente llama la atención. Porque más allá de que ya vimos a la clase G utilizada por mujeres (Britney Spears), y que ya vimos a otros vehículos de origen militar (como el Hummer) adaptado para los civiles, nunca vimos estas dos cosas juntas: un vehículo de origen militar cambiado hasta el punto en que deja de serlo (el G55 de Britney respeta la forma original -y el Hummer también) y puesto deliberadamente al mando de una mujer.

Varios interrogantes se me abrieron: ¿Por qué Mercedes cambia la clase G hasta crear un mutante? ¿Y por qué se lo da a la mujer? ¿Qué vínculo hay entre la feminidad y este vehículo inclasificable? ¿Los diseñadores lo produjeron bajo una influencia femenina inconciente? ¿Con su uso muta la feminidad? ¿Hacia dónde?




“Todos somos transexuales. De la misma manera que somos potenciales mutantes biológicos, somos transexuales en potencia. Y ya no se trata de una cuestión biológica. Todos somos simbólicamente transexuales. Cicciolina, por ejemplo. ¿Existe una encarnación más maravillosa del sexo, de la inocencia pornográfica del sexo? Ha sido enfrentada a Madonna, virgen fruto del aerobic y de una estética glacial, desprovista de cualquier encanto y de cualquier sensualidad, androide musculado del que, precisamente por ello, se ha podido hacer un ídolo de síntesis. (…) El ectoplasma carnal que es Cicciolina coincide aquí con la nitroglicerina artificial de Madonna, o con el encanto andrógino y frankensteriano de Michael Jackson. Todos ellos son mutantes, travestis, seres genéticamente barrocos cuyo look erótico oculta la indeterminación genérica. Todos son «gender-benders», tránsfugas del sexo”. La transparencia del mal. Ensayo sobre los fenómenos extremos. Jean Baudrillard.


“Todo en la mujer es un enigma y tiene una única solución: se llama embarazo". Dejemos de lado lo provocativo de esta frase de Nietzsche y concentrémonos en la verdad biológica: la mujer es el único ser humano con capacidad conceptiva. Es una matriz. La forma se concibe en ella. Y por más que consideremos el aporte masculino a la reproducción, el período de embarazo es un encapsulado (madre-hijo/a) del que macho no participa. Y no hay cultura que pueda producir un borramiento de la mujer como cuerpo-matriz. Porque se pueden hacer muchas consideraciones sobre la figura maternal, pero una es indiscutible: la mujer no puede ignorarse como sistema de concepción.




Tal vez el más poderoso mito que pueda desprenderse respecto a la maternidad es el cual, a raíz de poseer tal capacidad, la mujer debe saber lo que hace. Por supuesto que esto no es así (en realidad sí puede ser así, pero de manera inconciente, en el último párrafo lo explico), por eso la cultura da a la maternidad tan diversos tratamientos: porque se sabe que es, pero no qué es. Y esta me parece una razón para dar vuelta el planteo de Nietzsche y decir que el enigma que se atribuye al ser mujer no se resuelve con el embarazo, sino que se inicia.






En el libro Mutantes, del genetista y biólogo Armand Leroi, se lee algo interesante: la creencia médica actual supone que hay un mecanismo inconciente con el cual la mujer evalúa la calidad de su descendencia: la mayoría de los abortos espontáneos (ahora no recuerdo el porcentaje) son de embriones con deficiencias genéticas. Sin embargo esto disminuye cuando la mujer está conciente de su embarazo.

El atractivo femenino evoca al mar: la madre-cuerpo y la madre-cultura son dos vertientes distintas que confluyen haciendo aun más profunda y oscura la inmensidad oceánica, siempre cambiante, siempre idéntica, de la feminidad.


Continuará.

21 de julio de 2009

Musicalizar; una genealogía inaudita; y mi dialogar con Keith Jarrett.

Con musicalizar no me refiero al acto de poner música, ni tampoco al de componerla, sino al de hacerla y hacerse en y con ella. Una forma de existencia cuántica. Un punto ciego y dinámico. Un hacerse ser en otro plano del espacio/tiempo.

“Una de las mayores falacias en círculos artísticos y musicales es quizá cuando se dice que la música surge de la música. Eso es como decir que los niños surgen de los niños. No es cierto, no es así. La música es el resultado de un proceso que experimentan los músicos. Especialmente cuando la música está creándose en ese momento”.

Keith Jarrett no solo nos evita la infecunda tarea de socavarle orígenes a la música, sino que también nos advierte sobre la composición no musical de la música. Idea que nos la subraya respondiendo “son más importante que la música” cuando se le pregunta qué importancia tienen otras cosas en su forma de pensar, como la literatura o la filosofía.

“La música es para mi el resultado de un proceso. Es también un proceso, pero es el resultado de un proceso que no tiene nada que ver con la música”.



El arte de Keith Jarrett se destaca, básicamente, en la improvisación. Aspecto clave para mí. Porque sobre la improvisación versan cuestiones fundamentales y relativas al determinismo y al azar, al libre albedrío y al destino, al tiempo y al espacio.

“Cuando pienso en improvisación pienso ir de cero a cero, o a donde quiera que llegue. Pero no estoy conectando una cosa con otra”.

“Lo más sorprendente del proceso es que, sin siquiera proponérnoslo, las formas aparecen. Tal vez en Inside Out sean más tradicionales, pero ni siquiera ahí esas formas existían antes de que empezaran a cobrar vida ante nosotros”.

De Keith Jarrett uno escucha su música, suya, antes que música. O ambas: propiedad compositiva recíproca. Algo curioso: ambos (él y la música) parecen repelerse (todo creador fuerza las cosas). Hay momentos de su hacer que tienen una insistencia autista y cíclica. Una monotonía exasperante que extrae lo notable de una nota: el martillo del piano golpeando en la cuerda es una imagen análoga al nietzscheano filosofar a martillazos. Otra analogía de estos vitalistas es haber llegado (y en el caso de Frederich Nietzsche, permanecido) a un estado de cuasi destrucción de sí. El contrabajista Gary Peacock lo recuerda: “Se sentaba afuera en el porche y miraba la hierba. No podía hacer otra cosa”.

“Cuando tienes tantísimas cosas atravesando tu sistema, se llega a un punto crítico: donde o bien lo trasmites como sonido o te mueres”.

Se comprende que antes de la ejecución musical hay, desde una geografía-etnografía-paisajística-etc (con los sonidos de su naturaleza y cultura) hasta una producción literaria, filosófica y artística (no sonora) que contiene y contextualiza al intérprete musical (por supuesto que también hay música).

“Este estudio se encuentra en suelo nativo americano. Simplemente tomé una flauta y empecé a tocar. O un tambor. Empezó a sonar como si perteneciera a donde yo vivo. Fue la primera vez que sentí que hacía música realmente desde mi casa”.

La improvisación es, en parte, la cristalización de un proceso subterráneo y múltiple. Sin embargo, al mismo tiempo, no es una cristalización. Quien improvisa, da curso. Y en ese cursar experimenta el tiempo como totalidad y nulidad (un Chronos y un kairos): va con lo inasible: lo es.

“En un concierto en solitario (improvisado siempre desde la primera nota) participan, como mínimo, tres personas: el improvisador, el compositor espontáneo y el tipo que escucha sentado al piano”.

Musicalizar es colaborar con un acto formal de lo eterno y lo infinito, pero a condición de perder la conciencia en ello. Solo volviendo de la experiencia se la puede dimensionar; cualquier acto en su acontecer es invalorable, solo la retrospectiva y la proyectiva nos pone en conocimiento de lo vivido o por vivir. Aunque perder la conciencia no implica, claro, la pérdida de lo que somos (una persona inconciente sigue existiendo a pesar de ello). Digamos que en la improvisación hay un corrimiento del eje yoico.

“La verdad es que, cuando tocamos música improvisada, vivimos en una de las dos caras de la moneda, en una que, además, cambia de aspecto a cada momento. Para describirlo, debería viajar al otro lado (al aspecto analítico), pero, una vez ahí, entenderíamos que no tenemos acceso a la respuesta verdadera. La respuesta verdadera está en la música; en su fin y en su energía”.

Por esto entendemos que, a la vuelta de toda ejecución improvisada, el músico mistifique (y sus oyentes -nosotros- también).

“Cuando escuchan esta música, saben exactamente tanto como nosotros sobre ese próximo momento. Y cuando lo escucharon, compartieron con nosotros el suspense que nosotros experimentábamos mientras creábamos esa música. La única diferencia entre ustedes -los oyentes- y el trío es que nosotros tuvimos que dar físicamente ese salto hacia lo desconocido, que yo tuve que reunir al improvisador y al compositor y pedirles que colaboraran”.

Dos cosas suceden entre persona/cuerpo, rasguido/soplo/golpe/etc y nota/sonido: el espacio y el tiempo. El uno está relacionado con la resonancia, que es un “entre”, un fenómeno que pone a lo espacial de manifiesto. El otro es la extensión de ello, por la cual, y gracias a su efecto vibrato/sonoro, nos pone de manifiesto lo que llamamos tiempo; todas las cosas existen, al menos, en y por estos dos aspectos.

“Algunos de esos músicos ni siquiera sabían tocar, pero aquello no tenía demasiada importancia, y de ellos aprendí unas cuantas cosas en términos de tiempo y espacio”.

Por verdad óptica damos a lo que ocupa espacio un estatuto espacial, y por verdad auditiva, un estatuto temporal. Sin embargo debemos considerar que cada sentido está formado por la interacción de todos los sentidos. De manera que hablar de espacio y tiempo, es una diferenciación que hace más a la explicación que al hecho. O al menos que le dan al hecho una seguridad que no tiene, de manera que hablamos sobre ello (intelectualmente) con ambigüedad, como para resguardar lo innombrable de la emoción. El misterio se crea y preserva por estas contradicciones. Tensión de lo irresoluto. Posibilidad y potencia de la improvisación. Keith Jarrett trabaja, fundamentalmente, cursando ese espacio y tiempo. Cuando toca lo vemos moverse, jadear, canturrear, patear: desplazarse de su plano cotidiano, de su mundo habitual.



“(…) recuerdo haber escuchado a mi hermano Chris (que no sabía nada de pianos) tocar algunas cosas que me marcaron profundamente. (…) Sin embargo, de aquel acto salía algo (…) habrían de pasar muchos años antes de que yo pudiera habitar, deliberadamente, el espacio musical que Chris había visitado accidentalmente. Así fue como aprendí que, a veces, debemos provocar los “accidentes”.

Pasar de lo no hecho a lo hecho, de donde se está a donde no se está, construir un mundo nuevo, habitar un espacio/tiempo que hace instantes era inconcebible, es tarea ardua, a veces ingrata, y también peligrosa.

“Dejar que la música fluya a pesar de uno mismo es posiblemente lo más duro de todo lo que se necesita para ser músico”.

La improvisación musical es para un músico lo que un caballo indómito para un jinete (es que la creación de un nuevo mundo, como en la jineteada, implica hacer corresponder elementos que están disociados). Una experiencia de extrema vitalidad, y justamente por eso, borde del desastre. En el documental “El arte de la improvisación” se le pregunta a Jarrett qué sacrificios le exigió la música. El no duda en responder: la salud.



“Es tanto lo que me exijo que la víctima es mi salud. Ese es el mayor sacrificio. No es una cosa muy saludable. No es muy saludable ser tanto el ventrílocuo como el muñeco. Y mantener vivos a los dos”.

Durante unos años Keith Jarrett padeció una especie de “síndrome de fatiga crónica –le daré ese nombre tan banal [sic]” que lo tenía absolutamente abatido. Llegaron a pensar que jamás volvería a tocar.

“No podía tocar. Podía mirar el piano, pero no podía abrir la tapa, me suponía demasiado esfuerzo”.

Sin embargo, tras un esfuerzo monumental, compuso y grabó en su casa “The Melody at night with you”, una producción que fue originalmente un regalo de navidad para su esposa.




Una composición profunda que no se dio a pesar de la enfermedad, sino que fue la musicalidad de la enfermedad misma. Mejor dicho, de él mismo, en ese estado de cuasi aniquilamiento. Escucharla es una experiencia de lo más conmovedora.

“Le decía a la enfermedad, se que estás aquí, acepto tu presencia, pero aún sigo adelante con este trabajo. Para empezarlo tengo que hacerlo tan íntimo como sea posible. (…) Así que estaba transformando mi enfermedad en una canción”.

“La enfermedad me enseño mucho. (…) Cuanto mayor es la experiencia, más profunda resulta la sencillez. El tiempo es la parte compleja de esa sencillez”.

¿Hacia dónde? ¿A qué espacio/tiempo va Keith Jarret con su improvisación cuántica? Parece ser que no hay un final. Y lo agradezco, profundamente. Me voy a escucharlo. Los dejo con otro vitalista, Deleuze: “El mimetismo es un mal concepto, producto de una lógica binaria, para explicar fenómenos que tienen otra naturaleza. Ni el cocodrilo reproduce el tronco de un árbol, ni el camaleón reproduce los colores del entorno. La Pantera Rosa no imita nada, no reproduce nada, pinta el mundo de su color, rosa sobre rosa, ese es su devenir-mundo para devenir imperceptible, asignificante, trazar su ruptura, su propia línea de fuga, llevar hasta el final su “evolución aparalela”.


Nota: las palabras de Jarrett las extraje de aquí y de aquí.

26 de junio de 2009

Exotismo; nuestra más pura subjetividad.

Entendemos a lo exótico (como bien nos indica su prefijo “exo”), como un por afuera de nosotros, pero no como una capa que nos reviste o un recipiente que nos contiene, sino como una otredad. Algo que no solo no pertenece a nuestro campo cultural o esfera íntima, sino que, por definición, no puede pertenecer. Algo perceptible, pero inaccesible.




La idea de cuerpo que puede tenerse, en tanto posesión e identidad definitiva, es tan solo una forma de concebirse: un sistema, un orden, una organización adquirida pero no dada. Nos dice el antropólogo David Le Bretón:

“En las sociedades tradicionales, de composición holística, el hombre se confunde con el cosmos, la naturaleza, la sociedad”.

Y también, en su libro “Antropología del cuerpo y la modernidad”, podemos encontrar una cita a Claude Tresmontant:

“El hebreo es una lengua concreta que solo nombra lo que existe. De este modo, no tiene un nombre para la “materia”, ni tampoco para el “cuerpo”, ya que estos conceptos no refieren a realidades empíricas, contrariamente a lo que nos llevan a creer nuestros viejos hábitos dualistas y cartesianos. Nadie vio nunca “materia”, ni un “cuerpo”, en el sentido en que son entendidos por el dualismo sustancial”.



Hoy, las dos percepciones del existir (individuado y holístico) se mezclan, se alternan, y se confunden en la mayoría de las personas. De manera conciente o inconsciente le damos al cuerpo tratamientos contradictorios y hacemos un mix entre lo moderno y lo tradicional, entre lo oriental y occidental, sin reparar demasiado en ello. La determinación, característica intrínseca de las creencias y los valores (cualesquiera sean), podrían servir de eje, pero acaban cediendo ante el desorden de la indiscriminación. No es extraño ver como, en la búsqueda de un bienestar pleno, nos afanamos sin mayores escrúpulos en la prueba de todo. A tal, los efectos son cuando menos contradictorios: se patologiza al mero hecho de existir: se enferma de salud. Y lo vemos, claramente, en el uso terapéutico de cuanto sea: desde la música hasta los olores, incluso del deporte, que aunque ya nos empiece a parecer extraño, nunca tuvo a la salud en su consideración.

Todo es factible de mejora. Cierto. Pero al no haber acuerdo sobre la percepción corpórea, la salud se vuelve utópica y el imaginario se inflama de posibilidades inconexas. Entre tanto, no encontramos manera de justificar lo indeseable. Entonces la figura pánica se extiende y lo abarca todo. La predominancia discursiva actual, la del sector tecnológico-informático, lo testimonia: solo hablamos de versiones, 2.0, 3.0, etc.

La inconsistencia es una paradoja no aceptada. Acuerdo con Blanchot: “a las paradojas no se las supera, se las profundiza”; sino sucede este hedonismo a medias, que sería la estructura sintomática de este diagnóstico de cuerpo “dualizado”. Es que el verdadero hedonismo es profundamente paradójico, jamás pierde de vista al sufrimiento, que es, de hecho, su consorte. En definitiva, el hedonista acepta lo insoluble pero sin engañarse con la idea de lo provisional. Y no por nada su afinidad con el cinismo, ese que tan bien nos definió Oscar Wilde:

“El cínico es el que sabe que nada tiene valor y que todo tiene su precio”.

Para regular esta materialidad incorpórea tan desconcertante y evanescente que es el existir, tengo que hacer una escucha intensa y no dar por sentado nada. León Tolstoi nos advierte:

“Quien habla de lo suyo habla de lo ajeno. Nadie es demasiado original en su patología”.

El Ruso está en lo cierto, sin embargo, las formas en que llegamos y transitamos por esas patologías son bien personales (también preferiría hablar de desequilibrios en vez de patologías). El inconveniente a la hora de regularse no pasa tanto por el universal deseo de salud y satisfacción que choca contra el mandato genético, ni por la educación de los sentidos que nos conforman ciegos y sordos para siquiera poder considerar otras formas de existencia, no. El inconveniente es la falta de un esfuerzo interpretativo singular y puramente subjetivo.




El exotismo que propongo vendría a funcionar como un canal para lograr la regulación personalísima de nuestros deseos y necesidades. Una forma de trasmutar la otredad en intimidad: la aceptación del ser alquímico. La aceptación de que lo que se desconoce (en tanto se acepta de que existe algo a pesar de nuestro conocimiento) es un indicio que confirma la magia de una operatoria que nos excede, y que, sin embargo, puede conducirnos algún beneficio. Es una forma contribuir a un punto de inflexión. Es el envés del crack-up de Fitzgerald. Es una búsqueda-captura donde se mezclan la desorientación de la ceguera con la seguridad del tanteo. Es procrear con el caos, diseminarle (de semilla) voluntad. Es esparcir semas Bartheanos y luego esperar. En algún punto sucede: el desorden del cuerpo heteróclito acaba ordenándose bajo la variedad de lo heterogéneo.




Si hay algo que queda claro en todo lo dicho es la polisemia que atiende al tema cuerpo. Base compleja sobre la cual se mantiene uno de mis más delicados equilibrios: la alimentación. Y habiendo pasado tanto por la obesidad como por el bajo peso, y en cuanto reconozco en esa polarización consecuencias no satisfactorias, busco aprehender una nueva estabilidad, algo más firme que la actual, y que me permita atender mis necesidades y deseos sin extremar hábitos.

Es difícil. El hábito (como sistema de orden) se crea a base de repeticiones y las repeticiones, lógicamente, a base de exclusiones: lo exótico, por tanto, no puede participar del hábito. Por su naturaleza queda excluido. Sin embargo, lo exótico sería la única forma de solventar un nuevo equilibrio, el único lugar de donde extraer nuevas posibilidades. Y teniendo en cuenta las limitaciones de educación de mis sentidos (y otras) ya expuestas, ¿cómo hacer, entonces, para obtener provecho de la paradoja de lo habitual y lo exótico?. Arriesgo que aceptándola y profundizándola. Porque creo que si uno mismo la profundiza, uno mismo se convierte en la paradoja; y lo exótico se vuelve permeable, y viceversa.




Este ejercicio paradojal que llamo exotismo, es una verdadera acción provocativa. Y es indispensable que la predisposición evocativa, en tanto hábito y reiteración de sentido, sea dejada de lado. El exotismo es pararse (y soportar) una instancia donde no hay nada que decir. Y en esa situación de nadería, se debe aguardar la apropiación de la otredad. Esto me recuerda una frase de Edmond Jabés que está en el ya citado libro “Antropología del cuerpo y la modernidad” de Le Bretón. El escritor nos dice:

“En el corazón de la evidencia está el vacío”.

Voy a insistir: parto de la seguridad de ser un organismo y de saberme atado a ciertos rigores biológicos. Parto también de la seguridad de saberme una modalidad del caos y de poseer flexibilidad biológica. Y bajo la lógica del mismo razonamiento, parto de considerar a lo exótico como una otredad conquistable. Esa empresa de conquista es el exotismo. Mecanismo de apropiación y captura de aquello que, por condicionamientos culturales y naturales, consideramos impropios.

Para trabajar sobre el exotismo hay que aliarse con percepciones de relieve. Percepciones muy simples y frecuentes. Esas que nos sacan del plano y ritmo que traíamos. Puede ser un gesto que nos llama la atención, un color que nos atrapa, la expresión de alguien, el dormir de un perro, cualquier cosa. Todas deben ser vistas como indicios. Hay que evitar omitirlas u otorgarles un sentido, porque de esa manera les quitamos la propiedad de vacío que tienen, que es la propiedad sobre la cual iremos a construir las nuevas evidencias. Lo que hay que hacer ante ellas es esperar, solo eso. Hay que tratar de postergar el juicio y quedarse con la sensación de extrañeza y ruptura. Esto es clave: suspender el sentido ante la extrañeza. Con el tiempo se irán juntando varias percepciones inconexas. Puede ser que la idea de absurdo ayude a soportar el sinsentido, pero también hay que desecharla. Esto no debe ser definido de ninguna manera. Hay que entender que es la elaboración de una nueva sintaxis, singular e inédita, de manera que nunca sabremos exactamente lo que nos comunicará. Recordemos que así como se puede afirmar que en el corazón de la evidencia está el vacío, también se puede afirmar lo contrario: que en el corazón del vacío está la evidencia.




Sin embargo, más allá de todo vaciamiento, hay algo que invariablemente debe quedar intacto y siempre presente: el objetivo de regulación, la motivación de la búsqueda. Un modo: yo deseo trabajar el exotismo sobre la alimentación. Entonces trato de estar atento a “tags” o “etiquetas” relacionadas con ese mundo. Pongo un ejemplo: en el camino hacia el trabajo paso por la puerta de un jardín maternal y un olor a escones me arrebata. Miro por la ventana y veo a unos niños muy chiquitos comiendo. Me causan una impresión extraña. Otro día un ser querido me dice mientras mira un programa de cocina: “Qué rico es París”. La frase me cautiva. Tiempo después me hace un nuevo comentario. Me señala los colores de un plato. Le llama la atención la composición cromática de no sé qué comida; lo que me sugiere un espectro de valoración distinto, aunque ello todavía no integra ningún sentido. De a poco, estas y otras consideraciones se fueron acumulando sin orden. Hasta que un día, finalmente, conjugaron un sentido. Me sucedió cuando vi a esta misma persona frente a un plato de comida con exactamente la misma actitud que los niños del jardín maternal. Algo que podría definirse como un estado de delectación elemental. También de indiferencia. Pero no solo de ella para con su contexto, sino de ella para consigo misma; había un ser absorbido por lo que comía; el alimento la absorbía a ella como ella al alimento. Había una asimilación mutua: retroalimentación.




Eso es lo que pretendía lograr. La transmutación de esa otredad en mi más pura subjetividad. Lo que momentos atrás no tuvo ningún sentido, en un instante empezó a tenerlo: la alimentación es una retroalimentación.

El gourmet, el gastrósofo, el nutricionista, todos elaboran sus propuestas a partir de lo umbilical; habiendo sido carne en los jugos de otra carne; habiendo sido lactantes de lo exótico; y habiéndolo asimilado hasta indiferenciarlo. La retroalimentación es la estructura misma del afecto. Y supongo que una buena dietética tendrá mucho que ver con quién nos sentemos a comer.

15 de junio de 2009

Las armas; otro fragmento imponderable.

No sé hasta dónde, pero si sé que las cosas que nos rodean nos constituyen al punto de que es muy legitima la reflexión sobre esas cosas en tanto reflexión de uno mismo.

Las fuerzas que nos componen y los poderes que nos atraviesan nos templan y nos destemplan, y todo el tiempo en pos de una identidad, de un punto de asimiento. Finalmente somos devotos de lo que somos porque lo único que somos es nuestro campo de dominio, es decir, la habilidad ser algo. En la película “El señor de la Guerra”, la esposa del traficante de armas Yuri Orlov (Nicolas Cage), le pregunta por qué hacía lo que hacía, si era por dinero o qué, él responde con una satisfacción íntima “porque lo hago realmente bien”.

Tener una unidad compositiva es lo vital: es estar armado. Y visto así, desarmarse es dejar de ser. Y aquí es donde se vuelve confuso, y pretendo que no lo sea tanto, la identidad (como el armado de uno mismo), y las armas (como delicados instrumentos que ponen en juego la vida, que es el tiempo de nuestra identidad).

“Ya no seré capitán, pero he de comer y beber y dormir como un capitán; esta cosa que soy me hará vivir”. Parolles, personaje de “A buen fin no hay mal principio”, de William Shakespeare.

La frase que acabo de citar, si bien es de Shakespeare, la extraje de “Historia de los ecos de un nombre”, de Borges, donde se produce una indagación ontológica de aquél bíblico “Soy el que soy”. Y la tomé, fundamentalmente, por dos motivos: por la relación entre la identidad y el ejercicio de una disciplina (en ese caso militar) y por la relación entre las armas y su exigencia disciplinaria para darle sentido a su uso, que como supongo, es indispensable para sobrevivirla (el poder de un arma se vuelve en contra rápida y fatalmente).

El concepto de “fragmento imponderable” del cual me sirvo para pensar las formas de la vida (y de construcción de sentido), no es ni más ni menos que una observación de los efectos que producen las relaciones que tenemos con las cosas. Lo que me interesa de esta composición fragmentaria-identataria radica en la preeminencia de algunos de estos fragmentos por sobre otros, en su influencia, en su “pesaje”, en su formación y degradación, sus tiempos. Porque a pesar de estar compuestos por una multitud de fragmentos, hay uno o poco más de uno, a partir del cual figuramos el conflicto entre el ser y el seré (dinámica que nos proyecta y nos lanza apenas, pero furiosamente, en un continuo fluir; es perpetua posibilidad/imposibilidad de destino y destinatario confluidos y negados en una poli-temporalidad. Es sobre el tener la posibilidad de circular y divergir por lugares infinitos y sin embargo, reincidir y plantarse en uno.




En el caso del sentido “arma”, el fragmento pondera dramáticamente porque su poder de sernos comprende la quita misma de vida, la destrucción. El devenir armamento del hombre demanda una absoluta disposición y entrega: aquello que uno podría llegar a ser, tomada un arma, ya no lo será. A cambio recibirá la dicha de ser algo seguro, de tener una unidad compositiva, una habilidad, un sentido: ser el que es. Y así observamos como ese “soy lo que soy” viene a poner en perfecto maridaje a la religión y las armas. Con lo que también podemos suponer que los armados como los religiosos no responden a ninguna ideología ni dogma. En todo caso se valen de ello para dar curso al poder de ser. Poder de ser fortísimo, claro: no pocos se alinean detrás de religiones y ejércitos.

“Madre de dios, ruega por nosotros pecadores, y permite que nuestros disparos sean precisos y destruyan esos corazones malditos, y que dios reciba sus almas y las envíe nuevamente a la tierra donde podemos volver a matarlas. Amén”. Rezo del B.O.P.E (Batallón de Operaciones Especiales de la Policía Militarizada de Río de Janeiro)

Pero ya sabemos que dios está también del otro lado: “mas morro do Dende também é terra de deus”, dice el potente rap de las armas, parte de la banda de sonido de la película sobre el B.O.P.E, Tropa de Elite.

La elección del tema y el tratamiento que hago es en pos de una observación personal: comparto con Parolles el abandono de ciertas costumbres pero no el abandono de los poderes que las conformaron. Las armas siguen conmigo aún habiendo abandonado la relación física con ellas. Sin embargo, a diferencia de Parolles, yo dudo sobre seguir manteniendo (y sobre la posibilidad de cambiar llegado el caso) aquello que estoy, en parte, siendo. Porque en definitiva, desarmarme (hoy por hoy del sentido del arma), es perder mis armas, comprometer mi unidad.

Días atrás, durante una cena, mi padre me contaba de una vez que había sido llamado de urgencia al cuartel. Me decía que al llegar se había encontrado con un compañero llorando compungidamente. Le preguntó qué le pasaba y este le contestó que estaba desesperado, que temía por el futuro y por su familia. Mi padre le dijo que eso no importaba nada, que ellos eran militares y que lo único que debía preocuparles en ese momento era conseguir un fusil.

"De ese modo, para ser un guerrero un hombre debe estar, antes que nada y con justa razón, terriblemente consciente de su propia muerte. Pero preocuparse por la muerte forzaría a cualquiera de nosotros a enfocar su propia persona, y eso es debilitante. De modo que lo otro que uno necesita para ser guerrero es el desapego. La idea de la muerte inminente, en vez de convertirse en obsesión, se convierte en indiferencia”.

“El espíritu de un guerrero no está engranado para la entrega y la queja, ni está engranado para ganar o perder. El espíritu de un guerrero sólo está engranado para la lucha, y cada lucha es la última batalla del guerrero sobre la tierra. De allí que el resultado le importa muy poco”. Palabras de Don Juan, indio Yaqui. Extraído de “Una realidad aparte” de Carlos Castaneda.





Aproximadamente a los diez años yo había disparado, accidentalmente, una 11.25. El estruendo y la sacudida recibida en ese instante dejaron en mi mente y cuerpo una marca de poder inigualable. De dos cosas me di cuenta en ese entonces: una, que luego de haber disparado no tuve miedo, y que esa reacción hubo de estrechar el vínculo entre el arma y yo. Y la otra cosa, que habiendo meditado la razón del accidente había comprendido que el arma era propia, y que no debía mostrarse ni prestarse. Y esa especie de máxima auto brindada me dio, de ahí en más, la seguridad de estar empezando a manejar un poder/saber.

“Ahora sé lo que siente dios cuando tiene un arma, dice un peligroso Homero Simpson en un elocuente capítulo sobre las armas; así yo: ser dios, ser lo que se es. Tener una unidad compositiva. Ser hábil en algo. Ser ése algo que tiene el poder máxime: el poder de ser y dejar de ser; destino y destinatario confluidos hasta el paroxismo cardíaco. Esa cosa que hace latir lo que se tiene en el pecho. Ese corazón que a cada disparo se sobresalta y también angustia sabiendo que el poder más terrible se acaba de manifestar”. Las armas; otro fragmento imponderable.

Es notable lo falso que puede ser un saber cierto (el peligro está en ignorar esta ambivalencia). Por ejemplo, cuando se nos asegura que luego de quemarnos con leche, lloraremos al ver una vaca. Hago mención del conocido refrán para marcar un punto: porque en mi caso, lejos de evitar las armas y las vacas, me sumergí aún más en ese mundo. Me fui, incluso, hacia la práctica deportiva. Pero lo cierto es que no me conformó. Porque si bien estaba en uso el mismo elemento físico (el fúsil, la carabina, la pistola), el sentido era otro. Por tanto yo sentía que no estaba usando un arma (ni relacionándome con su poder). En el ámbito competitivo se diluía el sentido con que la comprendía.

Mientras tanto, yo seguía profundizando mi relación con el sentido simbólico y primero del arma (el que comprende la vida y la muerte) jugando al “poliladron” con armas de verdad (pero desactivadas: Browning, Colt .38, Smith & Wesson .32, etc). Sin duda esta costumbre había contribuido a provocar el accidente, pero al mismo tiempo contribuyó a quitarle dramatismo (el juego prepara). Porque a pesar del sobresalto, en aquel entonces, reitero, no tuve miedo. Es más, tuve la mente fría como para borrar las huellas de lo ocurrido. Porque luego de haberla disparado trabajé meticulosamente en ocultarlo todo: apenas pude dejar de disparar (la 45 es automática, y la misma fuerza de retroceso del arma -momento de recarga- provocaba que volviera a presionar el gatillo sin quererlo), la solté sobre la cama. Luego abrí las ventanas para ventilar pólvora y revoque. Recogí las vainas servidas y busqué los lugares de impacto (uno en la pared y dos en el piso). Los tapé y los reparé (antes extraje los plomos) usando útiles escolares (un Jovi color marrón, madera balsa, papel, etc). Finalmente saqué el cargador y la bala que quedaba en la recámara. Repuse la munición usada y limpié el arma cuidadosamente para eliminar la grasitud (que opaca el lustroso pavonado negro) que evidencia la manipulación.

Hoy, con la distancia del tiempo y la cercanía de ese quién todavía soy, me indago sobre las consecuencias de haber jugado y no desarrollado (comprometerme plenamente) un poder así. Entre otras cosas, creo que al haberme iniciado tan bruscamente, la 45 dejó en mí una impresión de impacto, de choque, que me provocó una noción particular de la muerte, o mejor dicho, del matar. Yo no puedo evaluar un asesinato (pienso en la pena de muerte, por ejemplo) porque no puedo sustentar en una consideración moral previa una respuesta (social o personal) de este tipo. Para mí, el matar es incuestionable: se mata o no, y esto solo en el contexto de la inminencia de la muerte propia. Comprendo el matar como una reacción refleja, lejos, muy lejos de ejecutarse a consecuencia de una evaluación (y no estoy hablando de emoción violenta, puesto que los tiempos de estas reacciones, si bien son correlativos, no son necesariamente inmediatos). El uso de la duda (como método de iluminación y discernimiento) aquí no es razonable, sino justamente lo contrario. Es irracional pensar en matar. La muerte no se piensa a sí misma, y lo digo porque al roce experiencial con la muerte (en otro caso, no en este) uno puede sentir la profunda indiferencia que supondría morirse. Y en esa equivalencia el sentimiento de la muerte se abisma. Uno mismo se abisma y es parte de un remolino. Y el asesinato puede producirse o no. Pero nada cambia con eso.

“Eso era la guerra: la vida para unos, para los otros la crueldad del asesinato. Permanecía, sin embargo, del momento en que el fusilamiento no era más que una espera, el sentimiento de ligereza que yo no sabría traducir: ¿liberado de la vida? ¿el infinito que se abre? Ni felicidad, ni infelicidad. Ni la ausencia de temor, y quizás ya el paso (no) más allá [le pas au-delá]. Yo sé, imagino que este sentimiento inanalizable cambió lo que le quedaba de existencia. Como si la muerte fuera de él no pudiese desde entonces más que chocar con la muerte en él. “Estoy vivo. No, estás muerto”. El instante de mi muerte. Maurice Blanchot.

En general la excusa otorgada para validar el acto asesino no tiene nada que ver con el matar, que tiene por solo sentido el poder matar (el poder ser), sino que es algo lateral, como la venganza, que no es propia, sino ajena, porque siempre está volcada hacia un otro. En cambio el asesinato indudable está enfocado en uno mismo; la muerte desbarranca por su abismo. Es un efecto de sí misma. Nada concluyente.

Para seguir por otra línea de este entramado, debo decir que colabora con la producción de accidentes y de violencia sin sentido, un discurso del guerrero muy peligroso, y al cual llamo infanto-poético. En esta acepción, el guerrero es comprendido como un virtuoso y heroico ser. Y nada más falso. Es terrible ser un guerrero. Y no solo porque siéndolo se vive para una sola cosa (entrega absoluta). Sino porque en su mala interpretación (la infanto-poética) se oculta una concepción peligrosa del mundo: la que lo presenta como un lugar peligroso y destructivo, una amenaza permanente para la vida. Y como la relación entre individuo y contexto es de mutua influencia, concebir un mundo peligroso es hacerlo peligroso. Y de esta forma alterada del guerrero, de la pervertida relación con el poder del armarse, surge lo indeseable. La construcción paradójica de un destino azaroso. Lo trágico. El sentir el poder de ser uno mismo artífice del destino (por estar armado) y de ir ciegamente hacia lo imprevisible (por falta de disciplina y por temer la muerte), que es la producción de lo accidental.

Concebir el ser guerrero de manera tan trivial, hace que se juegue con una forma de existencia que, de no llevarse con la disciplina necesaria, puede traer muchos problemas. Reducir la vida guerrera a una metáfora es muy dañino, porque la parte comprometida del asunto, la de mantener una línea de conducta rígida (y que tiene un fin en sí misma), no se lleva a cabo. Solo se toman algunos elementos. Y la mayor de las veces solo se hace por ostentación cosmética. Se usa al arma como símbolo del arma. Y esa estructura simbólica, vaciada de sentido, termina produciendo efectos de violencia estúpida, es decir, la violencia sin sentido: el accidente, lo accidental, lo que escapa al propio dominio. Y sobre lo cual, siguiendo con la mirada infanto-poética que lo provocó, se lo interpreta o, como hecho de una voluntad divina (lo inexplicable), o como la prueba irrefutable de lo peligroso que es el vivir (lo explicable). Ambas interpretaciones desligan al sufriente de su compromiso o responsabilidad con el sufrir, lo que, al mismo tiempo, le provoca el sentimiento trágico.




Esta apropiación infantil del guerrero, en tanto imitación de un mundo adulto (definido por la responsabilidad de los actos, que no es ni más ni menos que la conciencia de los efectos-consecuencias), no contempla la posibilidad de que el símbolo (vacío de sentido) se manifieste in-acto. Y es que el símbolo no es una nimiedad. La falta de pleno sentido no evita la plena consecuencia. Porque el símbolo igualmente enviste al cuerpo que lo usa, y lo pone/compone en/de las mismas relaciones de poder que si tuviese sentido. Y ese cuerpo (biológico y/u organizacional) responde por sí mismo si nada lo contiene (el sentido es un contenedor). Por ejemplo, el caso de la persona que se compra un perro con el sentido de un arma, pero que solo toma su poder simbólico. Esa persona jamás llegará a tener conciencia de que ese animal ya no será tan perro como arma. Las consecuencias de portar un can como arma y de no disciplinarse en ello, pueden ser muy graves. Gradin Temple, en su libro “Interpretar a los animales”, cita a los Monjes de New Skete, célebres adiestradores de perros. Ellos aseguran que poseer un animal que ha sido alentado en su agresividad, es el equivalente a tener un arma sin seguro. Está claro, un arma y su tenencia indisciplinada, desemboca en tragedia: provoca aquello que se desea evitar.

La falta de sentido completo, es decir, la asunción de una completa responsabilidad, desemboca en la violencia sin sentido, que, repito, es la accidental, la que se presenta inevitable, y la que, tarde, se presume como evitable.

También tenemos la aplicación de estas relaciones de poder a nivel empresarial. No es raro ver a los pichones de ejecutivos, lo mismo que sus pares ya pajarones, usando la metáfora del guerrero aplicada al mundo de los negocios. Se replica, también en este caso, la visión negra del mundo, aquella que también lo crea cual profecía autocumplida. Cito un ejemplo rayano en la estupidez: “esto ya es realizado con éxito por dos ex capitanes del B.O.P.E, Paulo Storani y Rodrigo Pimentel -uno de los guionistas de Tropa de Elite-, que atienden pedidos de varias empresas privadas. Storani, junto a un socio agente de marketing, daba conferencias para vendedores de la aseguradora Unibanco AIG bajo el título “Construyendo una Tropa de Elite”. El inicio estaba marcado por el grito “¡Calavera!’, típico saludo del batallón”. La verdad es que tengo ganas de gritarles: “¡pero ustedes van a la oficina, no a la guerra, gansos!”.




Hace poco leía “cualquier cosa bien empuñada es un arma”. Parece simple, pero esa frase sugiere que dos cosas bien complejas deben darse para que un arma exista: Técnica y Sentido. Sobre esto se puede referenciar al campesinado Okinawense, quien tras la prohibición Feudal de usar armas, tomó sus instrumentos y herramientas de trabajo y las convirtió en letal armamento. Un ejemplo es el palo que se ponían sobre sus hombros para colgar de cada punta baldes. Esa simple herramienta agrícola se convirtió en el conocido BO. De esta forma se fue dando origen al Kobudo y proveyendo de armas al Karate.

Todas estas consideraciones sobre el armado y formado del ser pivotan sobre la cuestión identataria, la cual define la noción de individuo, la cual gravita (y cede a la misma fuerza de atracción que los planetas) en torno a la otredad. Hay una frase de Woody Allen que pone en relieve esta resignación a la fuerza: “No lamento sino una cosa en la vida: no ser otro”. Y tiempo después creó a su camaleónico personaje, Zelig. Pero esta lamentación que se hace, si bien es afirmativa (en tanto afirma un yo), guarda la angustia (y por eso se presenta en términos de una lamentación) de que en verdad, tal vez ya no sea él quién enuncia tal cosa. Porque desconocer la otredad (simplemente por no ser ella) sin saber cuál es el límite que nos separa, es reconocer, al mismo tiempo, que hay puntos de contacto, de comunicación y transferencia. Esta interrelación que nos construye, y todo el campo hodológico, posibilitan la construcción de códigos en común, de un lenguaje. Es decir, la otredad habla nuestra misma lengua, o es muda e inaccesible, por tanto incognoscible. El problema de reconocer vasos comunicantes y lenguaje común es que irremediablemente surge la sospecha de que ya no es uno mismo quien se expresa, sino el otro a nuestro través. Esto es también lo que definimos como “lugar común” (construcción de sentido que detestan los más temerosos egos de nuestra especie). Finalmente, la frase de Woody Allen ya no es de él ni del otro. Es un poder indefinido que circula y que puede materializarse bajo cualquier estructura gramatical y sintáctica (incluso prescindir de esto y ser solo el álgido gesto). Otra expresión de esta angustiosa voz anónima la leemos en “La doctrina de los ciclos”, de Borges: “Si mi carne humana asimila carne brutal de ovejas, ¿quién impedirá que la mente humana asimile estados mentales humanos”.

“Con mucha frecuencia, la condición mestiza es dolorosa. Uno se aleja de lo que era, abandona lo que tenía. Hay que romper con la lógica triunfalista del poseer que siempre supone domésticos, pensionistas, guardias, pero sobre todo, propietarios. Esta arrogancia de la propiedad, de la apropiación y la pertenencia, que trae aparejado un sentimiento de plenitud (el estado del sujeto a quien nada le falta), ese sentimiento de poseer una identidad de algún modo saciada y que no puede conducir más que a la ilusión de representaciones claras y definitivas son el opuesto exacto de la inestabilidad y el desequilibrio mestizos, que son experiencias del desgarramiento y del conflicto, y en modo alguno un estado satisfecho de sabiduría o beatitud en el que se encontraría el descanso”. F. Laplantine y A. Nous. Mestizajes.

Hasta aquí llego. Estoy cansado de pensar esto. Es cierto. Pero sin embargo, el mismo fragmento imponderable que las armas me son, me impide abandonar. Fuerza tremenda, orgullo de ser quien soy y mandato guerrero: las armas no se deponen. Otra forma de la perseverancia Spinoziana del ser. Un último esfuerzo. Abandonar el juicio.

“No tenemos por qué juzgar los demás existentes, sino sentir si nos convienen o no nos convienen, es decir, si nos aportan fuerzas o bien nos remiten a las miserias de la guerra, a las pobrezas del sueño, a los rigores de la organización. Como ya dijera Spinoza, se trata de un problema de amor y de odio, no de juicio”. Para acabar de una vez con el juicio, Crítica y clínica, Deleuze.

Deleuze nos habla de conveniencia. De una conveniencia que debería sustituir al juicio. ¿Pero es posible acabar con el juicio o, al menos, suspenderlo? En ese mismo texto nos dice: “Lo trágico no es tanto la acción como el juicio, y la tragedia griega instaura primero un tribunal”. Y también: “Lo que Nietzsche supo poner de manifiesto es la condición del juicio: la conciencia de tener una deuda para con la divinidad”. Digo entonces, ¿y si esa divinidad es uno? Sostengo y reitero (aunque me gustaría que así no fuera): soy el que soy. Y si tengo una deuda es conmigo mismo. Y es, lógicamente, impagable. ¿Cómo, entonces, no estar sometido a sí mismo?

“Un día, Tao-shin interrogó a Seng-thsan sobre los secretos de la liberación. “¿Quién te somete?”, le preguntó el sabio. “Nadie me somete”, respondió Tao-shin. “En ese caso, ¿por qué buscas la liberación?” objetó una vez más Seng-thsan. Fue entonces, se afirma, cuando Tao-shin logró el despertar”.

Si hay una razón por la cual abandoné mi relación física con las armas, es la del despertar. Pues la muerte es otra metáfora del despertar, otra gramática inducida por la misma fuerza. Otra forma de la esperanza, como el suicidio.

8 de junio de 2009

La inutilidad del Ideal; y otro plano de la satisfacción.

“Al cabo de los años he observado que la belleza, como la felicidad, son frecuentes. No pasa un día en que no estemos un instante en el paraíso”

La frase que cito no es tan interesante por ser de Borges, como por ser conveniente. Y la tomo para señalar mi nula necesidad de tener un Ideal.

Lejos de la ingenuidad (y a su pesar también) prefiero una existencia afirmativa y no considerar deficitaria mi relación con el mundo. Y sin temor al conformismo o a la autocomplacencia, no dudo en hacer de mi contento a quienes admiro, como a cualquier cosa que posea circunstancialmente; en definitiva, tengo el sentido puesto en un más allá del binomio pesimista-optimista.




Afronto una filosofía que no por conveniente es poco trabajosa: aquella que da lugar a la fabricación de sentidos, que son la posibilidad de hacer la realidad, que son, para no dar más vueltas, el límite del Ideal. Y digo que son su límite porque a diferencia de la concepción u-tópica del Ideal en tanto no-lugar, el sentido, el concepto, la concepción (ad-infinitum, pero concreta), nos indaga ahora y aquí mismo sobre la posibilidad indiscutible que tenemos de hacer algo por el bien vivir.


Nota: click sobre la obra de Kasimir Malevich para escuchar la Parte I de The Köln Concert. La genial obra improvisada de Keith Jarret.

25 de mayo de 2009

Teoría del movimiento.

Interpretación del movimiento a raíz de una experiencia sucedida, con frecuencia, al correr: es necesario proyectar el Yo para sentir el movimiento. De lo contrario se percibe el absoluto de la velocidad. Algo así como estar siempre donde se está, siendo imposible otro lugar.




Hay efectivamente una conciencia de desplazamiento a raíz de la imaginación (?). Pero haciendo caso omiso de ésta, uno siente la constante quietud de cuanto es.




Dos cosas suceden al mismo tiempo: la mente se proyecta y el cuerpo la sigue; así el tipo de movimiento del plano físico inmediato. Y la otra, una especie de conciencia bruta de la propiocepción que arroja la noción de encierro corporal, es decir, el imposible más allá del cuerpo.




Eventualmente, al suceder la bi-percepción del movimiento como desplazamiento y estática al unísono, se abre la hipótesis de franquear la realidad ordinaria para realizar, por ejemplo, aquello que algunos médiums o chamanes considerarían como viaje astral.

18 de mayo de 2009

La libertad como pérdida de tiempo; una receta para la felicidad.

El presupuesto de la plena libertad está en la nada. El lenguaje es una posibilidad de su enunciación, la otra, el silencio. Y es menester mantener abierta la sospecha: el diálogo es posible solo en su juego, es decir en la alternancia del decir y no decir. Por lo tanto, el diálogo lo puede todo. Incluso, ser insuficiente.

La única manera de ganar tiempo es no morir en el intento de no perderlo. Hacer frecuente otras realidades es una manera de falsificar (y falsificar está bien) la noción de faltante que emerge como búsqueda de una libertad. Falsear, es decir, considerar falsa una realidad en tanto realidad única, es una estrategia feliz. Trasmutar el ideal inútil de libertad en una modesta atribución de libertades ordinarias es, no solo factible, sino simple y gratificante. Por ejemplo, con caminar evitamos el yugo de la Colesterolemia. Otra manera, un rico plato con Omega 3:

Salmón Teriyaki.

Ingredientes:
Salmón rosado con piel 4 porciones de 250 gr.
Aceite.
Sal y pimienta.
Azúcar 1 cda.
Jengibre fresco rallado 1 cda.
Mirin 2 cdas.
Salsa de soja.

Procedimiento:
En cada porción de salmón practicar un corte de 1/2 cm de profundidad, en forma de cruz, del lado de la piel. Esto evitará que durante la cocción la piel encoja y deforme la pieza. Luego calentar una sartén antiadherente de material grueso, o un plancha. Aceitar el fondo y dorar el salmón del lado de la piel. Dar vuelta sin romper la piel y dorar del otro lado. Pocos minutos antes de que el salmón alcance el punto deseado, darlo vuelta de nuevo y espolvorearlo con el azúcar y el jengibre. Dejar acaramelar durante unos segundos y flamear con el mirin. Dar vuelta el salmón una vez más. Verter la salsa de soja y dejar reducir hasta que se forme un caramelo espeso. Retirar y servir en el momento, con una ensalada fresca y arroz blanco.