29 de diciembre de 2008

Pretendiente.

No la miré ni por un momento. Durante todo el paseo fue su voz la inquietante. Tenía un timbre apagado. Y llevaba a las palabras con una cadencia tan prudente como tensa.

Hablaba con frases precisas. En su decir lo decía todo. Y lo decía todo de tal manera que al dejar de hablar, mi boca se cerraba junto con la de ella. Su énfasis era la comprensión misma.

Sin embargo, yo estaba consternado por la revelación de ese decir. No dejaba de ser una inesperada ilación de sentido. Un nuevo tejido semántico que le componía hasta otro cuerpo. Y vale decir, otra identidad. Toda una demostración de delicada mutabilidad. Qué amable, mi mujer.

La familiaridad, esa forma plana y lisa que el tiempo imprime en los rostros, que los construye dándoles un relieve idéntico al que vemos, dejándonos ciegos y plenos de visión a la vez, mostraba, más que nunca, su distinción cabal: la ineluctable realidad, la radical existencia de su apariencia: ¿era todavía mi mujer quien me hablaba? ¿Lo fue alguna vez?

Quien la quiera se llevará a otra. Y no menos, me llevaré una distinta también. Nunca, pretendiente, podremos amar a la misma mujer.

Y como un quemado, que siente con la caricia placer y dolor, te digo: que por cada beso que ella te dé, más a su lado estaré, y que cuanto más generosa sea con su amor, más la voy a amar.

Nos vemos en la imposibilidad, si tenés el coraje.

2 comentarios:

Alex dijo...

contundente!

y sí, coraje me sobra, pero reconozco que no abunda, hay que plantarle la cara a la mutación, a los reflejos, al no ser siendo.

Te quiero un montón
felicidades Diego!!!!!!!

Adriano dijo...

Ando de paso, y ya que estamos, aprovecho para dejarle mis mejores deseos para este año que comienza. Salud!