15 de abril de 2009

Los perplejos.

“Cuando intentaba, durante el breve minuto de mi primera ojeada, realizar un rápido análisis del significado de aquella expresión, noté surgir, confusas y paradójicas en mi mente, ideas de un vasto poder mental, de cautela, de rnezquindad, de avaricia, de instintos sanguinarios, de maldad, de terror, de alegría y de desesperación intensa y profunda. Me sentí singularmente sobrecogido, espantado y fascinado "¡Qué historia más extraña! -me dije a mí mismo-. ¡Debe estar escrita dentro de su pecho!". El hombre en la multitud, Edgar Allan Poe.

Alejandro Dolina gusta de citar a Borges. Y tal vez para transigir identidades, o para marcar un punto a partir de una redundancia heterónima, cita también a Schopenhauer. En ocasión en que lo apuraron con una definición sobre el Humor dijo a labio de Arthur: “El humor es simplemente poner una cosa en el lugar equivocado”.

Bueno. Así y todo diría que el humor es más un “hallar” una cosa en el lugar equivocado que un “poner”. Y lo digo porque el “hallar” es afín a la sorpresa, mientras que el “poner” no, es algo deliberado. También es bien distinto “hacer” humor (que de alguna manera es la repetición de una mirada previamente consensuada) que “hallarlo”, es decir construirlo desde una intimidad. Ahora, el punto que quiero destacar es que: la misma definición del humor aplica también para el temor.

Veo que el humor y el temor desdibujan su antagonismo en pos de una sentimiento madre (que no los ocasiona, pero los regula e interpreta): la perplejidad.




Las ruinas circulares, el bar del infierno y el mundo como voluntad y representación: Borges, Dolina, Schopenhauer, son contundentes en su perplejidad. Sin embargo la seguridad que acompaña la afirmación de su sentimiento puede resultar engañosa y confundirse con certeza. Porque lo cierto es que la afinidad de ellos pasa por la inquietud y la ambivalencia, devenires propios de la perplejidad ante lo dado.

No ver, creer que no se puede ver, o que hay algo para ver, tiene sus consecuencias: un velo de maya, un bar de un afuera imposible, un Yo con (la innecesaria y por eso inquietante) capacidad de arrojarse fuera de sí para retornar invariablemente a un sí mismo. Esas desembocaduras de la perplejidad son el destino de un pensamiento que arde en el corazón de ellos. Tienen una fuerte carga emotiva, claro, como toda metafísica. Sin embargo no hay sensiblería. Un temor profundo merodea siempre por esos pensamientos. Y se les adivina una mirada de reojo, nerviosa, como las del animal asustado.

El pensamiento es una emergencia salvaje. Es primordial. Y está orientado a la acción, no a las cavilaciones en sí mismas. La confirmación es su objetivo. Se piensa para confirmar algo, siempre. Elaborar una cadena de causas y consecuencias, es decir, establecer relaciones, es el medio único para hallar finalidades y organizar una acción. Nuestra biología no se nutre del pensamiento, sino de sus consecuencias. Un organismo tiene, ante todo, que sobrevivir. La perplejidad de reconocerse pensando, dice Schopenhauer, es una característica del hombre pero de ningún otro animal.

El humor y el temor son respuestas a la aparición de una realidad no pensada, diría más, de una realidad impensable. Y creo que lo impensable no es lo que no se puede pensar, sino una interpretación errónea a la tendencia del pensamiento a creer que algo está por fuera de él; no está el pensamiento excento de las cosas. Pensarlas es apropiarlas, es intimar con ellas hasta desvanecer la diferencia que tal vez nunca hubo. Pasa como cuando se está en pareja (en una relación): es fácil confundir la relación con la persona. El pensamiento es una relación con el objeto, no el objeto. O si se quiere, el objeto es un construcción de relación íntima. El humor y el temor son parte del tejido de una relación de perplejidad con el mundo como lo dado.

Algo que rescato: a guisa de perplejidad se tejen las historias, las filosofías, el pensamiento, etc. Y que la videncia es estructural a dicho sentir: la del que ve la realidad como la última (y primera) e insuperable presencia de lo que es.




El pensar es ciertamente vertiginoso. El hartazgo de pensar es la inquietud en su extremo; y la connivencia del temor y el humor sigue siendo, para todos los hombres vastos, la única realidad.

Involucrarse hasta ahijar a Schopenhauer, Dolina o Borges, puede ser una experiencia incomunicable. Es válida, para cualquier lectura de ellos, la extracción pesimista. Pero eso no es más que una lectura de su intensidad. Y yo no estoy hablando de lecturas, ni de autores, ni de obras. Sino de otros como (en quienes y con quienes) yo.

Finalmente todo drena por el sentimiento solidario: en la hermandad, esa fe en la figura paterna, se descansa. Es una paternidad simbólica, posibilitada por un acuerdo tácito: el núcleo. Si podemos reunirnos en torno a, entonces podemos gravitar, suspendernos. Será la mesa de un bar, una pelota de fútbol, una idea. En verdad no importa qué, sino quiénes. Si podemos estar, podemos descansar.

5 comentarios:

Salvador dijo...

Hola Diego,
Me parece brillante tu post, diáfano.
Encuentro en el último párrafo de tu texto la condensación definida de cómo es un pensamiento en reposo.
Saludo.

Paula Daiana dijo...

"El humor y el temor son respuestas a la aparición de una realidad no pensada, diría más, de una realidad impensable"...Excelente muchacho... me dejó pensando
Besos
Pau

Mr. Verloc dijo...

Yo no me canso de leer a Schopenhauer y a Borges. Dolina me hartó un poco, se repite cada vez más, no puede esconder su vanidad y fanfarronería de barrio.
Ah, lo de reunirse en torno a una pelota de futbol no lo dirá por Fatigatti.

DIEGO dijo...

Hola Salvador,
Me alegra que hayas percibido eso en el último párrafo. Vos sabés que lo de "diáfano" era lo último que esperaba. Este post me dejó una preocupación al terminarlo. Básicamente pensé que me había perdido y lo había hecho muy oscuro y confuso. Aún lo creo, pero un poco menos.

Hola Paula, espero que toavía no lo estés pensando. Creo que lo importante de un pensamiento es poder salirse de él a tiempo.

Hola Verloc,
Arturito no está entre mis lecturas predilectas, pero Borges sí, cada vez más. Con lo de Dolina, preferiría hablar de perseverancia y no de repetición, acaso para decir después que todos los buenos artistas deben perseverar en su obra.
Fatigatti, es un caso aparte. Su aparición lateral en el texto no deja de ser sorpresiva y bienvenida. Estoy de su lado, porque como diría Dolina, más vale perder con amigos que ganar con desconocidos.

zuninoyzungri dijo...

Se viene le estallido!!