9 de mayo de 2011

Puro amor al sol.

Cada mañana, como era su costumbre, abría la pequeña ventanita del baño y ponía la cara al sol mientras hacía pis. Esto sucedía solamente (por la sabida rotación de la tierra alrededor del sol) durante un equis período del año. Luego esa ventanita quedaba desalineada.

La revolución copernicana lo hacía feliz. Pero también los días nublados, ya que prometían su pasaje. Lo mismo sentir hambre, ya que presagiaba el alineamiento de un plato de comida con respecto a su boca. Por eso comer al sol lo redundaba en felicidad.

Cada día buscaba un momento que podía llevar la forma de plaza, plazoleta o placita (que es lo mismo pero sin zeta), y se tiraba un rato. En cuanto a la zeta, llegado el caso de haberse en su placita, no la desechaba, sino que la juntaba con la equis de “equis período del año” y la guardaba para elaborar una fenomenal fórmula científica de la felicidad. Cosa que parecía un ambición desmesurada; pero el tipo simplemente quería devolverle a Copérnico su gesto.

1 comentario:

alexis dijo...

exzelente !