16 de diciembre de 2011

La sospecha infundida.

Hay que defenderse. Y hay que hacerlo hasta de esas cosas que no pretenden nada de nosotros; incluso del agua de manantial.

También hay que hacer otras cosas menos agotadoras. Todo lo que sea poco sirve para la misión del no llegar hasta la agotación. Pero no, tampoco, porque aunque parezca chiste, lo demasiado poco es también una amenaza.

A las victorias no hay que festejarlas, lo advierto incluso antes de vencer. Es una desconfianza que tengo, sí, una posible sabiduría tal vez dejada por el fracaso constante pero no sonante (porque ni es tan importante tampoco) del ir viviendo bajo la presión de las conjeturas de lo correcto.

Una catarsis vana, como todas, es el andar festejando lo que, posiblemente, no sea otra cosa que un hecho perfectamente probable también para otro e incluso para uno mismo, como es de verse. Si vencemos lo que otros (o lo que uno), es decir, lo que puede ser vencido, entonces no hemos vencido nada.

Para que tamaña cosa suceda (el haber vencido) se tiene que romper un universo propio, nos tenemos que vencer a nosotros. Y eso es insostenible: contra mí no tengo nada. Y si lo tuviera, la misma materia de mi conformación no se hubiese amalgamado en vida.

La Realidad, si hago caso a la sabiduría elemental de los elementales, es una patología que padecen los complejos; los acomplejados por el Ver, como yo, una realidad simbólica. En verdad, por acumular símbolos de otros acomplejados. Formamos, los acomplejados, un tejido adiposo sobre el magro cuerpo de una realidad fascinante, inabarcable (sí) a la que, en vez de… y aquí voy otra vez, mejor me detengo. Y que siga otro.


Basuras al amanecer, Joaquín Giannuzzi.

Esta madrugada, en la calle
dominado por una especie
de curiosidad sociológica
hurgué con un palo en el mundo surrealista
de algunos tachos de basura.
Comprobé que las cosas no mueren sino que son asesinadas.
Vi ultrajados papeles, cáscaras de fruta, vidrios
de color inédito, extraños y atormentados metales,
trapos, huesos, polvo, sustancias inexplicables
que rechazó la vida. Me llamó la atención
el torso de una muñeca con una mancha oscura,
una especie de muerte en un campo rosado.
Parece que la cultura consiste
en martirizar a fondo la materia y empujarla
a lo largo de un intestino implacable.
Hasta consuela pensar que ni el mismo excremento
puede ser obligado a abandonar el planeta.


2 comentarios:

Adriano dijo...

Hermoso el poema de Giannuzzi. La práctica de una mirada como la del poeta es lo que verdaderamente salva el mundo. Y que los demás crean lo que quieran con su ciencia y sus revoluciones.
Un abrazo enorme y, por favor, haga que todos sus deseos para este nuevo año, empollen y vuelen.

Diego dijo...

Muchas Gracias, Adriano. Otro abrazo y el mismo deseo para tus deseos.