26 de julio de 2008

Perseverancia y obstinación; una mirada a la mediocridad.

¿Cuándo la perseverancia pierde su potencia lumínica y se torna en oscura obstinación?

Como lo planteo, la diferencia entre perseverancia y obstinación es una cuestión de grado. Y lo que me interesa es el punto en que el movimiento volitivo se trastorna y pasa de la perseverancia a la obstinación. El momento en que el objeto de nuestro interés deja de ser el objetivo y pasa a ser, el objetivo mismo, el objeto de nuestro interés. Esa permutación del objeto por el objetivo es lo que entiendo como obstinación. Es muy importante poder dar cuenta de esa instancia en la que el interés que motivó la búsqueda comienza a diluirse silenciosa y maliciosamente.

Entiendo a la realidad como circunstancial y propongo al pragmatismo como una política de selección. Es decir, ante la mutación de sentido, ante la polisemia constante y tajante creo conveniente bajar la barrera del cuestionamiento y la singularidad (efectuar una renegociación con el deseo): ¿cuál es el valor (hoy) de alcanzar equis cosa?, ¿no está permutando el sentido? ¿Es todavía el objetivo funcional a mis necesidades? ¿No será momento de conformarse, de renunciar, de abandonar?

Creo que la obstinación sucede porque estamos ensañados con el sujeto mediocre, y que nuestra perseverancia, viciada por el temor (nos enseñan a sentir más real al fracaso que al éxito), por el exigente par excelencia/frustración, hace que tomemos a la mediocridad como indeseable.

Sin embargo la mediocridad es vivificante, por capacidad mutante. A esa evidencia se la puede leer como capacidad de adaptación, y no está mal asignarle un rol positivo. Me refiero a tomar a la mediocridad como un contexto activo, como hábitat de conciencia, como sector de elecciones y selecciones. Un lugar sobre el cual retornarse. El punto crucial de este ensayo, mi inquietud, es: el poder retornarse mediocre.

Hace un tiempo saqué del perfil de mi blog el texto que explicaba la razón por la cual lo había abierto (es también el primer posteo): “Supongo que el objetivo de esto es la exploración de mi vida con la intención de sacarle algún provecho a la existencia en general. Acaso pretenda con esto buscar un talento en mí”. De un momento a otro vi a esa argumentación demasiado pesada. No reniego de ella, y le doy el lugar de reconocimiento que merece por haber existido. Punto. Hoy abandono.

No me siento cómodo con las obligaciones. Y la obstinación, al igual que el vicio (al que los griegos, si no me equivoco, consideraban como el único pecado) obliga.

Ya no me siento bien buscando mi superación. Siento que esa búsqueda, como la de una madurez siempre están por delante; uno jamás acaba de superarse ni de madurarse. Esta incomodidad me llevó a la cuestión que trato aquí y con la cual espero no obstinarme, sería paradójico, paródico, e irónico. Aunque hay que reconocer que ya mismo estoy llegando tarde, y que este texto posee la carga de comedia que lo salva de la petulancia de su escribiente.


Mi concepción de la mediocridad se reafirma en su descripción y se hace cada vez más bios. A cada momento su planteo se pone más complicado, cada palabra se hunde en mí hasta hacerse lo que voy siendo. La frontera del análisis y el autoanálisis es ésta. Si un párrafo atrás podía hablar con cierta distancia de la mediocridad, era porque no la consideraba enteramente en mí.

La observación cómoda, la de criticar lo que se desprecia y elogiar lo que se estima se me vuelve imposible. Y recorrer el camino inverso sería una artimaña intelectual. Estoy al borde de la estupidez, de la obstinación. Me cito “El estúpido considera a un argumento opositor, o simplemente diferente, como una invectiva contra su persona. Somos self-stupid cuando hacemos caso omiso del desplazamiento de nuestros intereses y continuamos en una misma línea, que ya no es inclinación, sino declinación, y que traza más nuestro pasado que nuestro presente”.

La neutralidad de la mediocridad.
Ya señalé el punto de mi preocupación, el ¨poder retornarse mediocre¨; poder volver. ¿De dónde? de los intereses, antes de que devengan obsesiones, de la perseverancia, antes de que permute en obstinación. Este retorno es extremadamente importante, porque el poder vivificante de la mediocridad tiene su extremo complementario: la muerte.

Como mediocre he sido, y puedo ser, eventualmente todo. He confirmado mi genialidad, evidenciado mi estupidez, cometido delitos, y ayudado a desfavorecidos. Todos esos acontecimientos fueron vividos como iguales en su tiempo presente. Solo en retrospectiva les asigno un valor (genialidad, estupidez, delincuencia, piedad). En su vivencia fui solo eso: un acontecimiento inconexo, sin identidad (la identidad es una construcción concatenada y coherente: es la institución del tiempo). Esa neutralidad del acontecer que acabo de ejemplificar es propia del magma mediocre.

La mediocridad comprende una fluctuación incesante de potenciales acontecimientos. Ardemos en posibilidades inconexas: eventualmente criminales, eventualmente santos. Claro que ese ardor que resulta vivificante es también, repito, mortal. Es que incluye al suicidio. Acción que probablemente no sea más que una obstinación por vivir (de la única manera que se cree que se puede vivir: viviendo, de la única manera que se cree que se puede vivir: viviendo, de la única manera…). Por este sentir le dije a mi mujer que los motivos por los cuales no me suicidaba era que encontraba, a esos mismos motivos, idénticos a la que encontraba para seguir viviendo.


En este punto de bloqueo, donde la igualdad y la diferencia dan lo mismo, creo conveniente y sano poder retornarse mediocre. Y justamente por eso apelé a ella. Su cualidad mediocre es muy polivalente. Me facilita lo que necesito para poder retornarme y salir de la obstinación del sentido. Me salva, digámoslo así, el poder resignificativo del juego, una de sus valencias; la ligereza del vivir.

6 comentarios:

Sauria dijo...

eso te iba a decir en las primeras líneas: qué lugar le das a lo lúdico en toda esta cuestión. El arte y lo lúdico nos salvan de muchas cosas, en especial, de caer en reflexiones que, de mediocres, se neutralizan en su equidistante balance positivo/negativo y no nos conducen a ningun lado.
Llevo un par de días perdida en esta pequeña oscilación mediocre. Uf, es agotador. Mi mediocre neurosis me aburre y me deja sin escapatoria.

Un beso, Diego, me gustó tu post, muy acertado.

Sauria dijo...

por cierto, increibles pantuflas ;)

Alex dijo...

yo tenía unas iguales color salmón, las adoraba, me las tengo que volver a comprar, che!

esto es lo máximo que podrás sacr de mí hoy, me duele la cabeza y me niego a ejercitar el pensamiento, el movimiento neuronal está amotinado. Se vemo a la vuelta, te quiero un montón.

DIEGO. dijo...

Hola Sauria. El valor que le doy al juego, al arte y al entretenimiento es muy alto. Como lo planteo en el texto es diretamente vital. Incluso a veces lo vivo como una especie de RCP (resusitación cardio pulmonar). Así de violento puede ser lo encantador. Una de las razones por las cuales linkeo al tema "Alegría" de Cirque du Soleil es porque me retrasmite esa sensibilidad y me permite, de alguna manera, conjurar el bloqueo y el dolor. Me parece fantástica la frase "la rabia de amar".

Beso.

DIEGO. dijo...

Una cosas más, Sauria. Hay un ensayo de Rafael Cippoloni que menciona un término japonés que designa al arte, al juego y al entretenimiento como una única entidad. La palabra es "Asobi". Y el ensayo está en:

http://cippodromo.blogspot.com/2008/06/elemento-asobi-entretenimiento-puro.html

DIEGO. dijo...

Hola Alex. Esas pantuflas son lo más, altamente recomendable su uso. Se vemo a la vuelta.

Beso grande.