29 de julio de 2010

La alarma; y la disputa de conciencias.

Incautos: el instante de suprema distracción en que nos transformamos en presa. La facultad de caución es nuestra única garantía de supervivencia personal. Así podría cabernos el estado del vivir moderno: como el de amenaza constante. La precaución, entonces, se ha expandido hasta ser una política de Estado. Entonces, claro, la guerra preventiva se valida. Y el valor, que valida el verbo validar, traslada así toda la fuerza de su sentido, que es “aquello que importa por sobre todas las cosas”, lo que, en definitiva “permite la existencia de las cosas”: tremendo nivel de emergencia y exigencia (y justificación) respalda toda la retórica de la alarma. Concepto, el de alarma, que deviene en la tensión extrema. Lo sabemos, un estado de tensión permanente es insostenible. La descarga, sea de balas o palabras como ellas (las armas son tantas), son una forma de catarsis. Y este punto, en que la violencia se produce solo para su descarga, es el de la guerra moderna e idiota.

La disputa, así, claramente, solo se sostiene en el individuo, que es el valuarte de la conciencia. Hechos concientes de esta lógica bélica, pasamos a formar filas en un ejército de anónimos aterrados y dispuestos a una venganza sin objeto.

La conciencia es un botín de guerra. Ya no se trata de persuasión sino de instigación a actuar. Desde el campo intelectual (endemoniados barbarizados por el orgullo de atacar a sus atacantes) nos llegan directivas precisas al tiempo que nos instalan un cerco pedagógico donde hasta el intento de apartarnos o mantenernos al margen, se nos es leído e informado como una retirada ofensiva. Canallas.

El temor, vuelto juguete morboso, es usado, incrustado, en las mentes despreocupadas de la masa, que somos nosotros, los más, los que ignoramos, los incompetentes, los que no competimos en el enrolamiento de conciencias, los que de ninguna manera formamos filas, por ser propia de nuestra vaga mente, la no necesidad de una geometría. El caos, sépanlo, no nos asusta. Y desde el más elemental sentimiento, les digo, que me chupen un huevo.

“-Créame, siempre ocurre así en los tiempos de inquietud y desorientación. Algunos pocos se anticipan con un presentimiento de que algo formidable debe ocurrir... Esos intuitivos, yo formo parte de ese gremio de expectantes, se creen en el deber de excitar la conciencia de la sociedad..., de hacer algo aunque ese algo sean disparates. Mi algo en esta circunstancia es la sociedad secreta. ¡Gran Dios! ¿Sabe acaso el hombre la consecuencia de sus actos? Cuando pienso que voy a poner en movimiento un mundo de títeres..., títeres que se multiplicarán, me estremezco, (…)” Bendito sea Arlt en “Los Siete Locos”.

1 comentario:

Aldous Lape dijo...

que sean dos los huevos, mozo...