14 de julio de 2013

Fragmento (sujeto a corrección) de la novela que posiblemente esté escribiendo.


Capítulo 3. Beatrice.



¡Beatrice, quale grande gioia averLa qui! ―el capitán había abierto la tienda de campaña para encontrarse cara a cara con la nueva integrante de la compañía.
―Grazie, per me è un onore essere parte ―respondió, Beatriz, bajando levemente la cabeza.
―No sea humilde, que el ego es indispensable para la supervivencia. Sobre todo en una guerra donde el campo de batalla es, más que nada, uno mismo. Tome asiento por favor ―le señaló un cajón de municiones―. Me contaron que su colaboración ha sido inestimable, de un compromiso creciente, con intervenciones cada una mejor que la precedente –hizo una pausa para estudiar los rasgos de Beatriz-. Sus avances son innegables, y seguramente su claridad de conciencia cada vez mayor.
―Sobre eso quería hablarle ―interrumpió, Beatriz. Pero fue ignorada.
Entendemos que su progreso es solo anhelo de más progreso. Eso está bien, pero debe capitalizar mejor cada avance. No quiero ponerme denso, pero usted deberá entender que la velocidad es un absoluto al que debe ponérsele resistencia. A usted hay que ayudarle a que las cosas le resulten, digamos, un poco más lentas, más difíciles. Le adelanto esto porque su rostro ya me anticipa la queja. Haga un esfuerzo y no se confunda, esto es un reconocimiento a su progreso. Por momentos podrá vernos como sus enemigos, eso hace la guerra: quien no está claramente de un lado, está seguramente del otro, así se piensa; pero eso es tan cierto como falso. Aquí lo único que importa es saber detener el pensamiento a tiempo. Para eso vamos a darle las herramientas más útiles: el dolor y el sufrimiento estarán a su disposición más que nunca. Esta tienda será ambientada como su nuevo lugar de trabajo. Necesitamos un hospital. Usted necesita un hospital. De esa colaboración mutua podrá obtener la respuesta que me está pidiendo ―el capitán se levantó repentinamente, como si hubiera sido invocado con urgencia por una fuerza invisible. Pareció atender un reclamo sordo para Beatriz, quien lo miraba como a un loco. No se asuste ―dijo poniendo nuevamente atención sobre ella―. Usted también aprenderá cuán sutiles pueden ser los sentidos. Escúcheme bien, Beatrice ―se arrodilló a sus pies―, usted es un alma caritativa, pero no permita que esa caridad sea blanda. Cuando tenga que hacer un bien, hágalo más allá del bien mismo. Ya me va a entender. ―ni bien terminó de decir esto, el capitán sacó una pistola de su cinturón y la puso sobre el regazo de ella. Y agregó: esta es otra herramienta, úsela con sabiduría.
El militar se marchó con su preocupación ya en otra cosa. Beatriz permaneció inmóvil, resolviendo su moral, sentada sobre un cajón de municiones, con las rodillas juntas y un arma imponente sobre sus piernas. Quien entrase a la tienda y la viera, no podría evitar el amor y el espanto; sería comprensible el homenaje, el rezo, el deseo carnal.

2 comentarios:

Rochi Moyano dijo...

¿Estará mal decir que estoy un poquito más intrigada por el militar que por Beatriz, y pensar que esto parecería entonces una novela de folletín, que se acomoda en función del "rating"?
No se, pero quiero la próxima entrega. Se puede reservar en todos los kioskos?

Diego dijo...

Rochi, y ni siquiera aparece aquí el protagonista; el que vendría a ser el Dante de esta Beatrice.